
Ahora uno de los dos equipos grita y los seis jugadores se abrazan. Los del equipo contrario (que es donde está el muchacho de bermuda blanca) bajan la cabeza y se reprochan algo que desde mi sitio no logro escuchar. No pueden tener más de dieciséis o diecisiete años. Es más, no creo que ninguno llegue a los quince, como mucho. Hay algo que me hace dudar de la edad promedio del grupo y son los pelos en el pecho de algunos, ya enrulados, la barba creciente que se puede disimular apenas como una sombra cubriendo cada una de las rosadas mejillas. Cuando levantan los brazos para golpear la pelota o pasársela a un compañero, debajo del brazo se les notan todavía más pelos como una madeja, enrulados y negros. Sus cuerpos tienen ya la forma de hombres y la mayoría son muy flacos. Arriesgo una serie de nombres para algunos de ellos: Germán, el de bermuda blanca, que juega en el equipo que mira hacia el mar. Denis, que juega para el equipo que está de espalda al mar. Ivo, el más musculoso entre todos, juega con Germán y también con el Tano y Gabriel. Denis, que vendría a ser algo así como el capitán del equipo contrario, juga con Sebas, un muchachín de movimientos bastante simpáticos, y Tino, de pelo largo y lacio.
Germán se estira y alcanza a rozar la pelota para que no caiga en la arena, la toma Gabriel que la levanta a un metro de la red, y el Tano remata furioso. Punto para el equipo de Germán. Denis se toma la cintura y el equipo de Germán empieza a rotar. Saca Gabriel. La recibe Sebas, que se la pasa a uno del cual desconozco su nombre y Denis remata. El remate no fue tan violento, de manera que alguien del equipo de Germán la recibe cómodamente, otro prepara el remate levantando la pelota al cielo haciéndola brillar en lo alto, para que con un impulso sobreactuado, el Tano remate. Otro punto para el equipo de Germán, que levanta las manos pidiendo a la hinchada un poco de aliento. Las chicas a un costado de la cancha despiertan de su habitual modorra y empiezan a agitarse. Cantan a coro. Los del equipo de Denis están como locos, ahora que las chicas largaron el termo del mate y hasta empezaron a aplaudir. No hinchan para ningún equipo en especial, supongo que son como todas las hinchadas del mundo cuando se está frente a dos equipos neutrales, que no siente nada en especial: hinchan para el que pierde. Lo mismo ocurrió en el mundial Corea Japón 2002. Muchos orientales, desinteresados del fútbol y de cualquier tipo de política futbolística, alentaban para Argentina, sobre todo cuando nos enfrentamos contra Inglaterra. Pasó también en Alemania 2006 y pasará en todos los mundiales habidos y venideros. Después de un pequeño interludio en que el equipo de Germán pasa a la delantera, las chicas cesan el griterío, más por cansancio que por otra cosa, y Denis ya no tan nervioso, pero sí muy concentrado en el juego, ejecuta unas maravillosas jugadas en la arena, estirándose para alcanzar la pelota, y luego rematando para convertir el punto de la igualdad. A varios metros de la cancha están los padres de los chicos mateando. Todos tienen heladora donde seguramente latas de cerveza fría esperan ser abiertas. Las señoras, boca abajo, toman sol. Tienen mallas estrechas al igual que las chicas que están sentadas a la vera de la cancha de vóley. Más allá hay algunos viejos y después todo lo demás es agua. Agua y olas que golpean contra la playa. También hay otra cancha donde se juega más distendido, pero estos ya no son chicos ni adolescentes, sino jóvenes con los cuerpos dorados por el sol. Carecen de importancia, con lo cual ni siquiera les dedico un plano general. Hace ya dos horas y media que Germán está jugando, incansablemente, descalzo y con los pies curtidos por la arena. Desde donde estoy no puedo saber si transpira o no. Lo más probable es que esté sudando a raudales, a menos que su cuerpo perfecto no provenga de este mundo, o que no sea humano. De repente el partido termina. Es una suerte porque ya casi no me queda batería en la cámara, y olvidé los otros cargadores en la habitación. Dos minutos más que se extendiera el partido y no habría podido registrar el salto de alegría y la sonrisa de Germán, abrazándose junto a sus amigos y repartiendo besos a las chicas. Apago la cámara, cierro el sillón y me voy a la habitación que queda nada más que a tres cuadras de la playa. Prefiero irme antes de que el sol baje y la familia de Germán y los demás se vayan. Lo primero que hago cuando llego a la habitación es descargar la filmación a la computadora portátil. Dos horas y diecisiete minutos es la duración total del video. Lo miro entero, con algunos cortes, y en el medio me preparo unos sanguches de paleta y queso; tomo abundante agua. Termino los dos sanguchitos y me voy a lavar los dientes. Simulo una sonrisa y el espejo me la devuelve intacta. Después me tiro en la cama con la computadora y veo el final del video. Revisando algunos primeros planos que hice del cuerpo de Germán descubro pequeñas gotas, muy ínfimas, que le recorren el cuerpo. Estaba sudando. Atraso el video algunos minutos y veo el final varias veces. Siempre es lo mismo: transcurre el último tanto entre el nerviosismo general de los chicos por ganar (a Germán se le nota en los músculos de la cara y a Denis en las piernas) y el sopor de las chicas tomando sol acostadas en toallas sobre la arena. El tanto de la gloria lo convierte un chico al que no le presté mucha atención, que inmediatamente se arrodilla, cierra los ojos, levanta los puños al cielo y se ve avasallado por el calor y el abrazo de sus compañeros de juego. Cuando termina el video, con un paneo final del mar, apago la computadora y antes de irme a dormir me baño y me cambio el calzoncillo no por segunda, sino por tercera vez.
Al día siguiente tardaron mucho en empezar a jugar. Germán se quedó tomando sol hasta las cinco, y los demás chicos venían a invitarlo a jugar, pero él se negaba. Como Germán no jugaba ni se lo notaba tampoco con muchas ganas, ninguno lo hacía. Después de tomar sol unas largas horas en que ya no pude soportarlo más y prendí la cámara para filmar su espalda desnuda de cara al sol, se metió al mar. Jugaban a echarse agua en la cara, y Denis se enojó con Germán porque parece que le tiró agua en los ojos. Denis tuvo una reacción rápida y estúpida: lo empujó a Germán y lo hizo caer. Se empezaron a pelear hasta que las chicas (y no los chicos) trataron de separarlos. Enseguida intervinieron los padres, que se quedaron un rato largo en la playa aleccionándolos mientras los demás chicos se divertían bajo las olas. Cuando bajó un poco el sol, trajeron la pelota a la cancha y se dividieron los mismos equipos que la vez pasada. Supongo que para un hombre de sesenta y seis años como yo no puede haber felicidad más grande que la de ver a la juventud jugando al vóley, disfrutando del mar, el cielo y las olas. Así que oculté la máquina filmadora tras unas remeras viejas y me aseguré de que el encuadre abarcara toda la cancha. Antes tuve que cambiar la batería, porque ya se me habían agotado dos cargadores, uno de los cuales estuvo dedicado entero a Germán tomando sol. El otro se me gastó entre el episodio del mar y en varios planos de los padres de los chicos. Saca Denis y hace un ace maravilloso. La pelota no fue con tanta violencia pero sí bien dirigida, flotando, justo en el medio de los dos centrales. Denis hace dos aces consecutivos y gana confianza y muchos elogios entre sus compañeros. Germán no arrancó jugando muy bien, pero lo tenían a Ivo que estaba enchufadísimo. Ivo tiene la espalda más ancha entre todos los chicos y parece mayor de edad. Gana unos cuantos puntos él solo, y saca el equipo adelante. Después Gabriel y Germán empiezan a jugar mucho mejor, alentados por la fuerza de empuje de Ivo. El equipo de Germán llega a los veinticinco tantos, que es la puntuación que se debe alcanzar para ganar un set, pero los equipos no cambian de lado y ni siquiera paran el partido para descansar. No juegan vóley con reglas tradicionales, cosa que no advertí la primera vez. Según hasta donde llegué a contar, van veinticinco a dieciocho. El equipo de Denis parece estar destrozado, sin fuerzas. Ahora una de las chicas que estaba cebando mate al filo de la cancha, propone oficiar de árbitro. Ninguno de los chicos, que están muy concentrados, parece darle el ok. Ella igualmente se posiciona en medio de la red y hace unos movimientos mecánicos con las dos manos. Punto para el equipo de Denis. Lo festejan como si fuera noche buena, es decir, sin muchas ganas. A Denis es al que más se le nota el cansancio en la cara, y hasta ahora no pudo mantener el nivel inicial de juego. Tino hace un punto estupendo, con pelota divida. Todas las chicas se van al lugar donde descansan las familias, menos la que está haciendo de árbitro, que no para de mover los brazos. El equipo de Denis pasa a la delantera y Germán se enoja con Ivo. Intercambian algunas palabras que no logro oír y que espero la cámara logre registrar. Vuelven las chicas, menos dos de ellas, todas con reposeras en la mano. Se tiran a tomar sol boca abajo. Según mis cálculos el equipo de Denis está arriba con veintinueve puntos. El saque es de Denis y tiene el partido casi ganado en sus propias manos. Denis lanza la pelota al aire, que gira y da vueltas sin caer nunca, pega un salto y antes de poder pegarle a la pelota recibe un impacto en el estómago: una zapatilla que voló desde el otro lado de la red. Agarro la cámara y empiezo a filmar yo mismo. Se insultan. Los del equipo de Denis señalan a Germán que se hace el desentendido. Vuela otra zapatilla y va a parar a la cabeza de Gabriel, que cae al suelo. Ivo y los demás lo asisten. Germán agarra las zapatillas que estaban al costado de la cancha y las empieza a tirar con violencia para el otro lado. Una luz en la pantalla de la cámara me avisa que queda poca batería, justo ahora, en el mejor momento. Acerco el zoom todo lo que puedo y registro desde las cintura de los chicos para abajo. Germán tiene bermuda blanca, Denis tiene una roja, la de Ivo es celeste, la de Gabriel es azul, la del Tano es rayada, Sebas tiene bermuda amarilla y Tino lleva puesto una bermuda bastante ajustada, con flores. No voy a identificarlos más por sus supuestos nombres, es realmente una estupidez. A partir de ahora prefiero identificarlo por el color de la bermuda que usa cada uno, de todas maneras siempre tienen las mismas. Los zapatillazos no dejan de volar, de un lado hacia otro, mientras la chica árbitro sale corriendo cuando intenta detener lo inevitable y las demás apartan las reposeras y se ponen a tomar sol lejos. Sin salirse nunca de la cancha, como si el partido seguiría pero en otro orden, se lanzan zapatillazos y los dos equipos cubren a sus piezas más queridas: a Bermuda Blanca por un lado, y a Bermuda Roja por el otro. Después llega la chica árbitro con varios señores detrás suyo y detienen el juego. Les cuesta porque la batalla campal de zapatillas por el aire ya afectó a las canchas de los alrededores, que tuvieron que detener sus propios juegos. Los jóvenes les gritaban de todo. Uno de los padres más osados se metió en el medio de la cancha, con los brazos abiertos, gritando, y las zapatillas dejaron de volar por el aire. Las bermudas de todos los colores bajan la cabeza y el señor que parece ser padre de uno de ellos empieza a sermonearlos. Bermuda Roja señala a Bermuda Blanca y este reacciona. Trata de pegarle, pero el padre que sermoneaba lo paró. Bermuda Roja le cuenta al padre, señalándose el estómago, cómo inició todo y de repente, así porque sí, veo todo negro: me quedo sin batería y se me apaga la cámara. El padre que sermoneaba los calma a todos y le entrega la pelota a Bermuda Roja, pero ya no me importa el final del juego. Junto mis cosas y me dirijo a casa. Advierto que el tipo del sermón se queda vigilando el juego cruzado de brazos. Da vuelta la cabeza (yo también estoy de espaldas) y cruzamos una breve pero intensa mirada.
En casa descubro que filmé cuatro horas y treinta y cinco minutos, lo que me pone de un gran humor. Me cruzo hasta la pizzería de enfrente y me compro una media pizza de queso. Me como dos porciones y la mitad de otra, después me lavo los dientes, sonrío ante el espejo, y me voy rápido a la cama a ver los videos. Empiezo por el más interesante que es el último. Con la revisión, descubro algunos detalles, pequeños detalles que en vivo se pierden. Por ejemplo que Bermuda Blanca tiene un bulto muy grande; más grande incluso que el de Bermuda Celeste y Bermuda Roja. No me lo imaginaba así, para nada. De hecho para mí Bermuda Celeste era el más grande de todos ellos, y en todos los sentidos posibles. Retraso el video y lo detengo hacia la mitad del juego, cuando Bermuda Celeste con su fuerza de empuje hace sacar al equipo adelante y Bermuda Blanca se mete en el partido. Cada vez que Bermuda Blanca remata la pelota, los cordones de su pequeño pantalón corto se le mueven en todas las direcciones, como viboritas locas que buscan un sitio donde esconderse. No se hace un nudo, sino que se deja los cordones desatados, el pantalón flojo. Igual se le nota que tiene algo muy grande, inmenso, gigante. Su equipo hace un tanto y cuando festeja sonríe y se agarra el bulto con una mano. En realidad no se agarra el bulto sino que se acomoda las bolas. Las debe tener pegadas por el calor, pegadas al sudor del cuerpo. Cierro los ojos. Ahora soy una gotita de transpiración que en vez de bajar sube por las piernas de Bermuda Blanca. Estoy en su rodilla, voy subiendo, y alcanzo a llegar hasta su pija y lo filmo, trato de filmar cada uno de sus pelos, la bolsa de los huevos, la pija. Cuando abro los ojos veo que viene el padre de alguno de ellos y sé que va a dar un largo sermón, que va a parar la batalla campal, las zapatillas tiradas alrededor de la arena: todo lo que sigue ya lo sé. Me limpio un poco con las sábanas. Siento hambre de nuevo así que como la porción de pizza que había cortado por la mitad. Me voy a lavar los dientes, me los lavo varias veces porque comí el doble y estoy tan lleno que no quiero saber nada de comida por mucho tiempo; me miro al espejo y veo que mi dentadura sigue siendo tan blanca y limpia como siempre. No sonrío para mí, sino para verificar que mis dientes están sanos y fuertes, de modo que para hacerlo tengo que necesariamente abrir la boca y simular ante el espejo que realmente estoy sonriendo.
A la mañana siguiente reviso todos los videos que filmé. Por lo menos desde que llegué tengo algo así como once o doce horas de filmación. Si fuera una larga e interminable película, seguramente el papel principal se lo habría ganado y con creces Bermuda Blanca, que podría repartirse el protagónico con Bermuda Roja o Celeste. Como no tengo mucho que hacer, preparo las cosas para ir a la playa. En el bolso playero me llevo unos sanguches, el cepillo de dientes, varias botellas de agua y la cámara. Recién ahora que llego me doy cuenta que todavía es muy temprano, porque sólo hay cuatro o cinco chicas echadas boca abajo sobre reposeras y toallones, y algunos padres de familia mateando y comiendo sanguchitos. Me instalo bastante más cerca de las canchas de vóley, tal vez a unos cincuenta metros. No hay nada interesante, ni para ver ni para escuchar o filmar, de modo que abro el bolso y agarro un sanguche de paleta y queso y me lo pongo a comer. Mientras saco también la cámara y la reviso para ver si está todo en orden, lo veo bajar a la playa a Bermuda Blanca riendo con Bermuda Rayada y Bermuda Azul. Casi se me queda el sanguche de paleta y queso atragantado en la garganta, y ya no puedo masticar más, por lo que tengo que escupir a un costado del sillón el bolo de pan y queso ensalivado. Ni siquiera alcanzo a lavarme los dientes o cepillarlos. Agarro la filmadora, que se me cae de las manos por los nervios, y trato de prenderla. Ahora bajan los demás chicos, entre ellos Bermuda Roja. Curiosamente Bermuda Celeste tiene un short de un color distinto al de días anteriores, pero para mí siempre va a ser Bermuda Celeste, así venga a la playa desnudo. Además el nuevo short no le queda tan bien, parece un boxer desteñido y viejo. Esta vez fueron directamente a la cancha y ya empezaron a jugar, por suerte pude grabarlos desde el inicio del partido, aunque me perdí la llegada alegre y soberbia de Bermuda Blanca, pero logré prender la cámara y comenzar a grabar desde que llegó Bermuda Celeste. Fue todo tan vertiginoso e inesperado que sigo con los dientes sucios, aliento a peste y un gusto raro en la boca. El partido ya está tres tantos a uno a favor del equipo de Bermuda Roja. Parece que el sermón hizo su efecto en los chicos y están más calmos. Ni un solo grito, ni una puteada, nada se escucha desde aquí. Juegan silenciosamente como si fuera un partido de mimos que golpea una pelota imaginaria. La pelota invisible ahora está en manos de Bermuda Floreada que se la pasa a Bermuda Amarilla y remata. Tanto para el equipo de Bermuda Roja. Ahora se acercan algunos muchachos que jugaban en la cancha de al lado. Son varios, y están parados cruzados de brazo sin ninguna otra pretensión aparente más que disfrutar del juego de los chicos de bermudas. Las chicas están tiradas disfrutando del sol, aunque se las nota ligeramente nerviosas, como si con movimientos imperceptibles y pequeñas y breves miradas intentaran captar la atención de los jóvenes que miran el partido. Uno de los muchachos más grandes intercambia palabras con una de las chicas, la misma que ofició de árbitro la vez pasada. El partido parece jugarse sin muchas emociones y la falta de ritmo lo hunde en el sopor del aire caluroso y los rayos fuertes del sol. El joven que estaba hablando con la chica árbitro hace un gesto, dice algo que no alcanzo a escuchar y todos lo miran. Bermuda Blanca levanta la mano y el joven entra a la cancha. Antes de salir del campo de juego, Bermuda Blanca se agacha, agarra un puñado de arena y se hace la señal de la cruz. Saluda a todos, a la chica árbitro y a las demás chicas sin mucha gracia, y encara para el lado de la calle. Me levanto rápido y lo sigo, sin perderlo de vista. Vuelvo porque me olvido la cámara. Me la cargo al hombro y apuro el paso. Se aleja demasiado rápido, por lo que tengo que ir casi al trote, al mismo tiempo que me cuido para que no advierta mi presencia detrás suyo. Está en cuero y va distraído mirando el cielo, o no sé qué cosa. Llega a la vereda, yo todavía sigo en la playa pero lejos de las canchas de vóley, y camina hacia la derecha para el lado de los negocios. Trato de seguirlo un poco más de cerca, llego a la calle y agilizo el paso haciendo lo que puedo con la cámara al hombro. Si mantengo el ritmo, puedo seguirlo desde esta distancia, que serán unos diez metros. Se cruza de calle pero yo sigo caminando por la misma cuadra. Avanza unos metros y se mete a un kiosco. Me detengo. No bajo la cámara, para no despertar ninguna sospecha: hay muchos autos que circulan, familias enteras caminando felices y sonrientes, parejas enamoradas del verano, agarradas de la mano. Hago de cuenta que filmo la costa, el mar, y me mantengo muy seguro de los movimientos de Bermuda Blanca dentro del kiosco. Compra una Coca Cola y un paquete de galletitas Pepitos y sale. Es mi oportunidad y quizá la única que tenga. Cruzo la calle a grandes zancadas, siempre con la cámara en alto, y llego hasta la otra vereda. Lo tengo a Bermuda Blanca de frente. Todavía no se fijó en mí, se entretiene mirando las vidrieras de ropa femenina, cuyos maniquíes parecieran devolverle la mirada. No se da cuenta aun de que voy yendo ligero, casi a su encuentro. Tengo un plano perfecto de la mitad de su cintura para abajo. Mueve los labios, seguramente tararea alguna canción de moda. Cambia la bolsa de mano. Nos separan unas cuantas baldosas, estamos a pocos pasos. Agarro la filmadora con la mano izquierda y con la derecha hago un pequeño movimiento separando unos centímetros el brazo de mi cuerpo, me esfuerzo y logro rozarle la mano derecha en el mismo segundo en que nuestros cuerpos están alineados, sin que Bermuda Blanca pudiera siquiera notarlo.







4 comentarios:
creo que se juega con la transgresión de ser puto, pero al mismo tiempo ¿no es el histerico aquel que fantasea lo que no puede llevar al acto? me parecio buen cruzar distintas perpepciones, la del ojo, la digital, la del personaje que esta en el texto pero solo mira y la del que escribe todo esto,
igual moriros soy victor
si es anomino es pablo gabriel, el que tiene tanto miedo de poner su nombre y de ser puto,
por que no me dejas tranquilo hombre de dos caras?
ah, por cierto, este es mi nuevo blog:
http://poesiavirgen.blogspot.com
en el adopto una personalidad esquizofrenica e intento escribir como si fuera retrasado mental, proposito que creo alcanzo
victor te amo, seamos de ahora en más amigos si? en el fondo sos un buen perro, un perro manso, pero moriros, puto
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