
Capítulo I
Pietro Geintiluomo
Es la tercera vez en un año que comienzo a escribir esta novela, cuyo tema parece importarme tan poco que, tan pronto como termino una libreta (escribo siempre con bolígrafo Bic y en libretas de gusanillo) la pierdo ese mismo día. Y como olvido todo lo que escribo, debo comenzar de nuevo desde cero. Mi editor me monta escenas. Me ha adelantado sobre esta novela más dinero del que nunca ganaré con ella. Pero estas escenas forman parte de nuestra relación desde hace ya unos buenos diez años, independientemente del éxito de mis libros. Mi editor me empuja a escribir. Me pidió mi primer libro de dibujos, cuando aún no había reunido bastantes ni para llenar un fascículo. Un día le recomendé ir a ver Ivonne Princesse de Bourgogne de Gombrowicz, montada por Lavelli. Fue el inicio de su pasión por el teatro. Me adelantó los derechos de mis primeras piezas, que fueron publicadas antes de tener director ni actores. Publiqué mi primera novela, que le encantó, pero no tuvo el más mínimo éxito. Nada lo ha tenido. Ahora me exige otra. Por otro lado, yo vivo de sus adelantos, y cuando logra recuperarlos se pone nervioso, temiendo que deje de escribir. La novela que iba a escribir (y digo iba porque ya estoy en ello) era otra: una novela de travestis, porque me divierto creando situaciones entre ellos, pero ya lo he hecho en el teatro, es más bonito que en una novela, donde no se ve nada, y el travesti debe ser visto. Inventé no obstante algunas, que siempre acababan deteniéndose en el Carrefour de Buci, probablemente porque este barrio albergaba últimamente a algunos de los más interesantes. Pero pronto el Carrefour mismo ocupaba todo el lugar en mi imaginación, mis tres travestis se veían de repente rodeados y perdidos entre otros personajes: gatos, lulús, policías. Buci se extendía hasta St. Germain des Prés y mis personajes se mezclaban con los anticuarios de la Rue Jacob y los dependientes de la Rue de Rennes, quedando finalmente todos mezclados. Entre la Contrescarpe y la Rue du Bac, entre el distrito catorce y el Sena (con un saliente en Marais) me quedaba todo un gran territorio poblado de personajes indefinidos, además de los turistas. Y en medio de todo esto, siempre mi editor, instalado en su fortaleza entre St-Sulpice y el Senado, esperando recibir mi informe escrito con punta Bic de toda esta gente, mediante lo cual yo obtendría mis honorarios de cortesano. Es cierto. Pero ¿de quién fue la idea? Y ante todo ¿a quién la va a vender? Sin duda debe pensar: a los mismos. A los mismos que compran libros creyendo que les conciernen a ellos mismos (¡tan pocos!) o sus hábitos profesionales o de barrio (tres o cuatro mil personas) o, en el mejor de los casos, en edición barata, a los que se interesan por todo, sobre todo por los crímenes. Tal vez hasta piensa conseguir un best-seller. Pero no, tendría miedo de perderme. Teme que, una vez rico, me convierta a mi vez en editor y le robe todos sus autores (el sueño de todo autor es tener un editor-autor que haga su trabajo), dejándole solo y obligado a escribir para ganarse la vida. (...)







2 comentarios:
che, derian, gracias, por, esto.
te amo
sólo vine para decir que copi es cumbre. pero no los molesto, las dejo solitas.
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