viernes 4 de julio de 2008
Crimenes y pecados
Hoy soñé que entraban a mi casa a robarme todos los muebles, me desvalijaban, y después escribía un poema (que posteriormente se transformó en poemario, cuyo nombre no me puedo acordar, por más fuerza que haga) pidiéndole a los ladrones que me devuelvan todo.
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jueves 3 de julio de 2008
En primer plano, con la mano en el mentón, escuchando a Casas recitar:
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miércoles 2 de julio de 2008
El cuerpo de cristo
El destino de una hostia, el cuerpo de cristo,
no es distinto al de un pedazo de pan,
al de una trucha freída con aceite de motor
ir a convertirse al interior de uno
en desecho
y salir por el inodoro
como una grandísima y olorosa mierda.
no es distinto al de un pedazo de pan,
al de una trucha freída con aceite de motor
ir a convertirse al interior de uno
en desecho
y salir por el inodoro
como una grandísima y olorosa mierda.
martes 1 de julio de 2008
Política, representación y discurso
Introducción
El eje temático de del presente trabajo consistirá en una aproximación teórica sobre las relaciones existentes entre política, representación y discurso. Teniendo como brújula la exploración de estas nociones, básicamente en algunos trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, me pareció fundamental no ir directamente al núcleo de sus principales argumentos, sin antes realizar una mínima reflexión sobre cuestiones ligadas al lenguaje, la comunicación y las identidades.
Por lo tanto, si por un lado el objetivo central es dar cuenta de las imbricaciones entre política, representación y discurso, por otro lado, considero que estos elementos pueden apreciarse de manera más nítida, haciendo hincapié en algunos aportes conceptuales referente al lenguaje, la comunicación y las identidades, en autores como Bajtin, Voloshinov, Benveniste, Derrida y Stuart Hall.
Este planteo no debe interpretarse, sin embargo, como la intención de realizar un análisis comparativo entre cada uno de estos autores, tampoco como una descripción de diferencias al interior de sus marcos conceptuales, ni como un debate respecto a distintos temas y objetos. Sino más bien, como el intento de articular dimensiones que tienen que ver con los siguientes presupuestos: a) una crítica a la concepción instrumentalista del lenguaje, enriquecería mucho el abordaje del tema de la representación política, b) una crítica de la comunicación como medio neutral por donde pasa de manera transparente el sentido, permitiría apreciar la dimensión irreductiblemente conflictiva que se juega en la lucha social y política por la significación, y por último, c) un repaso por la crítica a la concepción esencialista de las identidades, nos haría mucho más inteligible el papel productivo del discurso.
Por lo tanto, si por un lado el objetivo central es dar cuenta de las imbricaciones entre política, representación y discurso, por otro lado, considero que estos elementos pueden apreciarse de manera más nítida, haciendo hincapié en algunos aportes conceptuales referente al lenguaje, la comunicación y las identidades, en autores como Bajtin, Voloshinov, Benveniste, Derrida y Stuart Hall.
Este planteo no debe interpretarse, sin embargo, como la intención de realizar un análisis comparativo entre cada uno de estos autores, tampoco como una descripción de diferencias al interior de sus marcos conceptuales, ni como un debate respecto a distintos temas y objetos. Sino más bien, como el intento de articular dimensiones que tienen que ver con los siguientes presupuestos: a) una crítica a la concepción instrumentalista del lenguaje, enriquecería mucho el abordaje del tema de la representación política, b) una crítica de la comunicación como medio neutral por donde pasa de manera transparente el sentido, permitiría apreciar la dimensión irreductiblemente conflictiva que se juega en la lucha social y política por la significación, y por último, c) un repaso por la crítica a la concepción esencialista de las identidades, nos haría mucho más inteligible el papel productivo del discurso.
La precedencia constitutiva del lenguaje. La comunicación como espacio de conflicto. Y las identidades no esenciales.
Se podría decir que una visión convencionalista del lenguaje, caracteriza a ésta, como un mero instrumento de comunicación, un canal de paso, de flujo de sentidos, sentidos que deben poder ser reductibles en su multiplicidad a alguna forma de lo uno. Entonces, se sigue de esto, el hecho de representar al lenguaje como una teoría de los signos que representan a las ideas, que a su vez reflejan a las cosas mismas. La comunicación, sería siempre la presencia originaria de la cosa, retenida como recuerdo en la idea y representada como signo en el sistema de una lengua, y estas instancias, serían siempre vehiculizadas de manera transparente, en un espacio de total homogeneidad, como señala críticamente Derrida[1], a través del lenguaje-instrumento y por efecto de una conciencia, también transparente a ella misma, plena en su intención de significación.
Tendríamos, entonces, un instrumento capaz de representar el mundo, como otros instrumentos sirven para desempeñar diversas acciones: un martillo para clavar un clavo, una hoz para segar las hierbas, etc. De acuerdo a su perfeccionamiento, este instrumento podría acercarse “mejor” o “peor”, a la descripción del “orden natural de las cosas”; el objetivo sería la univocidad de contenidos ideales, la precisa determinación del significado para cada significante, la transparencia de un sentido, que es anterior y exterior a su comunicación, y por tanto requiere fidelidad en su representación. Toda premisa sería (o debería ser, para la visión convencionalista del lenguaje) -en términos de la dicotomía que busca desmontar Austin en Cómo hacer cosas con palabras- constatativa.
Pero, “en realidad la comparación del lenguaje con un instrumento –y con un instrumento material ha de ser, por cierto, para que la comparación sea sencillamente inteligible- debe hacernos desconfiar mucho, como cualquier noción simplista acerca del lenguaje. Hablar de instrumento es oponer hombre y naturaleza. El pico, la flecha, la rueda no están en la naturaleza. Son fabricaciones. El lenguaje está en la naturaleza del hombre, que no la ha fabricado”[2].Se hace imposible entonces concebir al hombre disociado del lenguaje, no existe un momento originario donde en su desnudez lingüística y provisto meramente de “experiencia” o de “sensaciones”, el hombre haya inventado el lenguaje. Esta imposibilidad de imputar un momento singular de invención, esta precedencia constitutiva del lenguaje respecto del hombre, lejos de permitir al hombre tomar al lenguaje como se toma un pico o una pala, le posiciona en una situación donde su propia subjetividad solo puede estructurarse al interior del orden simbólico de una lengua. “El objeto del discurso, por decirlo así, ya se encuentra hablado, discutido, vislumbrado y valorado de las maneras más diferentes; en él se cruzan, convergen y se bifurcan varios puntos de vistas, visiones del mundo, tendencias. El hablante no es un Adán bíblico que tenía que ver con objetos vírgenes, aún no nombrados, a los que debía poner nombres”[3]
Si desde la tradición saussuriana – que instituye la diferenciación lengua/habla- se va poner énfasis en la dimensión de la lengua, como código objetivo de diferencias, de elementos que solo encuentran su identidad en la oposición relacional; se puede ver en los aportes de Bajtin, una crítica a este “objetivismo abstracto”, donde el habla ya no constituirá, como para Saussure, en una mera apropiación individual del aparato formal de la lengua, sino que asimismo estará regulada por los distintos géneros discursivos, que en incesante interacción dialógica, prefigurarán lo que el discurso puede dar cuenta, según el género en que se hable.
Pero si el habla no puede ser concebida como apropiación individual y debemos pensarlo como discurso que emerge de manera diferencial según el área de una específica actividad social, y si por otra parte, el lenguaje se diluye en la acepción convencionalista de “instrumento”, nos acercamos entonces, a una aproximación de la comunicación social, como no transparente, llena de opacidad por los cortes sociales que la atraviesan (existe más de un genero discursivo, el monologismo y la monoacentuación se tornan imposibles), asimismo vemos como la comunicación no puede agotarse en una función constatativa, descriptiva, representacionalista, sino que es necesariamente constructora del mundo, fuertemente performativa.
Comunicación, entonces, atravesada por la perturbadora situación en el que diversos grupos (posicionados diferencialmente) asumen los mismos signos, al mismo tiempo que estos signos soportan una intricada lucha en su interior, por su carácter constitutivamente polisémicos, es decir, sobredeterminados, por el hecho de que en cada signo común, en realidad habitan interpretaciones cruzadas y en permanente pugna. “La existencia reflejada en el signo no tanto refleja propiamente como se refracta en él. ¿Qué es lo que determina la refracción del ser en un signo ideológico? Es la intersección de los intereses sociales de orientación más diversa, dentro de los límites de un colectivo semiótico; esto es la lucha de clases”[4].
Podemos ir aproximándonos a una noción de comunicación, donde la propia posibilidad de que algo se comunique, en realidad depende del resultado contingente de las luchas sociales en la instauración de “monologismos precarios”, siempre reversibles, lo cual nos acerca a la dimensión conflictiva de todo proceso comunicativo, habitado por la heteroglosia: esa arena de lucha por la significación social. Por lo que, mientras toda ordenación social dominante, persigue la búsqueda del monologismo y la monoacentuación, subordinando las voces disidentes, estas voces, sin embargo, están siempre prestas para resistir y dar lucha, en la búsqueda de la desnaturalización del orden discursivo vigente, por la propia apertura que ofrece el lenguaje en su acepción sobredeterminada y performativa.
Entonces, habiendo reflexionado brevemente sobre el carácter constitutivo del lenguaje respecto del ser humano, sobre la ausencia de un origen originario de su invención como medio suplementario para la transmisión de sensaciones, ideas y representaciones, podemos ahora pasar al análisis de la importancia que tenido, para una aproximación a lo político, la crítica de las concepciones esencialistas de las identidades.
En este sentido, se puede decir que la explosión de debates -en las últimas décadas- acerca de las identidades, debe ser ubicada en el contexto del capitalismo tardío, donde diversos factores de reorganización social a escala mundial, comenzaron a problematizar las pertenencias nacionales, grupales, étnicas, de clase y raciales, como núcleos inamovibles de rasgos identitarios. Frente a esto, diversas corrientes de pensamiento, coincidieron como señala Stuart Hall en que “sobre todo, y en contradicción directa con la forma como se las evoca constantemente, las identidades se construyen a través de la diferencia, no al margen de ella. Esto implica la admisión radicalmente perturbadora de que el significado positivo de cualquier término –y con ello su “identidad”- solo puede construirse a través de la relación con el Otro, la relación con lo que él no es, con lo que justamente le falta, con lo que se ha denominado su afuera constitutivo” [5]
Esta caracterización de las identidades, sin embargo, responde a un proceso histórico y epistemológico de descentramiento, que se ha venido operando a partir del sujeto moderno de la ilustración. Siguiendo a la clasificación realizada por Stuart Hall (1992), recogida por el Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas de Torcuato S. Di Tella[6] en su entrada “Identidades culturales y sociales”, podemos remitir a tres momentos en la elaboración de este proceso de reconcepción de la subjetividad y las identidades: el sujeto del iluminismo, el sujeto sociológico y el sujeto posmoderno.
Sujeto del iluminismo en primer lugar, como entidad cuya propia fundamentación identitaria permanece ligada a una esencia interior siempre coherente consigo misma, esencia interior que tiene que ver con su carácter autocentrado y cognitivo, casi sin anclajes en lo físico, en el cuerpo y en lo social. “Esta idea de “sujeto soberano” se va formando paso a paso entre el Renacimiento humanista del siglo XVI y la Ilustración del siglo XVIII, y representa un corte muy importante respecto a la idea de sujeto de la antigüedad, con toda su carga de identidad colectiva y destino inamovible, donde “el status, rango y posición de cada individuo en la `gran cadena del ser´-el orden secular y divino de las cosas- eclipsó cualquier idea de que podía existir algo así como un individuo soberano. (Hall, 1992, p 280)”[7].
Sin embargo, ya con el devenir del siglo XIX, ante el desarrollo agudizado de la revolución industrial, el nacimiento de la sociedad de masas y las nuevas estructuras colectivas del Estado-nación, pronto se pondrá en entredicho la contradicción presente en la noción de un sujeto cognitivo, autocentrado y de pretensiones universales, que en realidad solo reflejaba un tipo particular de identidad: “aquella de los hombres blancos, adultos, heterosexuales, propietarios o vendedores de su fuerza de trabajo (es decir, libres, no esclavos), cabezas de familias[8]. La reacción contra esto va significar la emergencia, de lo que en la clasificación de Stuart Hall, implicó el sujeto sociológico
Se va proponer, entonces, una concepción alternativa de la identidad, ya no como otorgada por la simple posesión de una conciencia autorreflexiva, autónoma y soberana, sino atisbando el carácter procesual de la misma, insistiendo en el influjo de las relaciones sociales y los procesos de socialización como mecanismos de formación subjetiva, según las interacciones y los roles que se ocupan de manera diferencial la totalidad social. La forma en que diversos paradigmas sociológicos pensaron al sujeto, al remitirlo a la variedad de roles que se ocupan en la estructura social y por ende a un cierto acercamiento a la identidad en términos más plurales, si bien se acerca a la idea posmoderna del sujeto, que va poner énfasis en la fragmentación, la multiplicidad y la dispersión de las identidades, por otra parte se muestra limitado al seguir pensándolo como un sujeto cuya identidad, si bien ya escindida, se encontraba todavía coherentizada por los roles sociales en los que se posicionaba, roles que permanecían incuestionados, aproblematizados en su vigencia.
Po lo que, “la aparición del sujeto posmoderno está relacionada con la idea de que algo se `desestabilizó´ en el mundo contemporáneo en aquella relación de ajuste entre sujeto y estructura social de la que hablaba el funcionalismo. De esta manera, el sujeto que había sido experimentado como teniendo una identidad unificada y estable, ahora se vive como fragmentado, compuesto de varias (y muchas veces contradictorias) identidades sociales y culturales (Hall, 1992). Este sujeto es conceptualizado como no teniendo una identidad fija, ni permanente ni esencial.” [9]Llegamos, finalmente, al punto donde el cierre de las identidades no se encuentra asegurada por ningún primado ontológico (clase, rol, etnia, raza, sexo, etc.), puesto que serán los efectos discursivos, las distintas interpelaciones y las prácticas concretas, las que procurarán un efecto siempre precario de sutura en la conformación de artefactos identitarios.
El discurso y su necesidad de significantes vacíos. Lo político como el lugar irreductible del antagonismo y la performatividad de la representación.
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en su libro “Hegemonía y estrategia socialista” definen al discurso como la totalidad estructurada de una práctica articulatoria, definiendo previamente a la articulación, como toda práctica que establece una relación tal entre los elementos, que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esta práctica[10]. Se debe aclarar, además, que esta definición de discurso no está buscando posicionarse o dar cuenta de la clásica dicotomía idealismo/materialismo o prácticas discursivas/prácticas extradiscursivas, puesto que la propia noción de discurso no es pensada aquí en términos mentales ni verbales, lo que nos llevaría a oponer objetos “reales” frente a ideas de los mismos, cuando que todo “objeto material” pasible de articulación necesariamente ya se encuentra mediatizado por algún tipo de formación discursiva.[11]
Volviendo a la definición inicial de discurso, podemos partir entonces de la existencia de un campo de discursividad, donde domina el exceso de sentido, el flujo sobrederminados de elementos indefinibles, la inestabilidad de algo que requiere un ordenamiento. Por otra parte, partiendo de un contexto de contingencia e inestabilidad, tenemos formaciones discursivas que se estructuran en su empeño de domesticar estas sobredeterminaciones, mediante la reducción de los elementos dispersos en momentos diferenciales al interior de una totalidad articulada.
La pregunta central sería, ¿hasta qué punto la dispersión de los elementos puede ser totalmente fijada como momento diferencial y localizable al interior de un discurso? ¿Cuál es el grado de cierre, de sistematicidad posible en un discurso, y frente a esto, cómo queda el papel contingente de la articulación?
Responder estas interrogantes nos remiten a la apropiación crítica que realizan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe del paradigma saussuriano. “El análisis saussuriano de la lengua la consideraba como sistema de diferencias, sin términos positivos; el concepto capital era el de valor, según el cual el significado de un término es puramente relacional y se determina sólo por su posición a todos los otros. Pero esto ya nos hace ver que las condiciones de posibilidad de un sistema tal son las de un sistema cerrado: solo en él es posible fijar de tal modo el sentido de cada elemento”[12]
Sucede que si la posibilidad de significación, mediante la fijación de una identidad relacional que reduzca los elementos dispersos a momentos necesarios de relación, depende del sistema, surge el problema de que el sistema, a su vez, depende de la fijación de sus propios límites. Pero si estamos refiriéndonos a un sistema significativo, es claro que su límite no pueden ser otros elementos significativos, sino un más allá que implique la interrupción, el bloqueo, o la subversión de cualquier proceso de significación. Para que las diferencias puedan ser inteligibles como diferencias, no se puede postular otra diferencia como límite, puesto que el campo de representación de estas diferencialidades se extendería hasta el infinito y todo intento de delimitación de la totalidad se desdibujaría.
Eso que bloquea, que subvierte y que amenaza la sistematicidad del sistema, es al mismo tiempo lo que la hace posible e imposible; posible porque sin esa exterioridad antagónica no habría forma de delimitar el sistema, imposible porque la delimitación, no mediante una diferencia más, sino mediante una exclusión radical que cancela, en un sentido, el elemento diferencial de todos los elementos, tornándolos equivalentes en su oposición compartida a la exterioridad que amenaza subvertir al propio sistema.
Esta imposibilidad estructural de constitución plena del discurso, es la que requiere la presencia de significantes vacíos que postulen un límite en la definición de su representación. Existe la necesidad de significantes pasibles de vaciar sus determinaciones (y sobredeterminaciones) de significado, operación de vaciamiento, sin la cual seguirían atados a la cadena de las diferencias significativas, impidiéndoles operar como límite. Por lo que el cierre y la posibilidad de fijación necesaria de identidades relacionales, como momentos necesariamente interconectados, en realidad, se encuentra abierta a las articulaciones que logren la emergencia de un significante vacío como particularidad universalizante, y cuyo resultado se limita a fijaciones parciales, o suturas precarias, siempre desbordadas por lo que habita en el exterior constitutivo.
La productividad del discurso en la formación de identidades políticas, debe ser interpretada, entonces, como la de un discurso que al no tener nunca asegurada las condiciones de su propio cierre, abre lugar a la contingencia y con ella, posibilita la apertura del juego político; puesto que si no existiera esta indecibilidad estructural y dominara la necesidad de transiciones lógicas entre posiciones diferenciales, predefinidas por una totalidad cerrada que las trasciende, el papel de intervención articulatoria, o en términos políticos, de actos de instituciones parciales, no estaría sujeto a las decisiones contingentes de los agentes políticos (que han logrado erigirse en hegemónicos mediante su vaciamiento) y al resultado incierto de sus luchas, sino que estaría predeterminado por leyes regulatorias definidas a priori y de manera esencialista.
Se vuelve pertinente, y en relación con los párrafos anteriores, explicitar dos aspectos referidos a la incompletud constitutiva de todo discurso y su consecuente necesidad de significantes vacíos que la representen como totalidad ausente: es la condición misma, en primer lugar, para un abordaje de la política en términos ontológicos, o sea como aquellos actos de instituciones parciales que producen “hegemonías” precarias; y en segundo lugar, para el tratamiento de la representación como lugar de particularismos y universalismos que en su mutua hibridación constituyen sujetos políticos.
A partir de este recorrido, podemos empezar a ver que un tratamiento de lo político en clave ontológica, requiere pensar en la des-sedimentación de lo social, o en términos más formales en, un reconocimiento de la indecibilidad estructural de toda formación discursiva, que al no estar garantizada por una legalidad endógena subyacente, que la constituya de manera esencial y la reproduzca conforme a algún patrón teleológico, requiere necesariamente de prácticas articulatorias y decisionales. “Pues bien, este proceso de des-sedimentación es, al mismo tiempo, un proceso de des-totalización de los social. ¿Por qué? Porque, dado que la sociedad ya no es concebida como unificada por una lógica subyacente, y dado también el carácter contingente de los actos de institución política, no hay ningún locus desde el cual pudiera pronunciarse un fiat soberano. No hay ningún lugar desde el cual el legislador pudiera operar como un `dios mortal´, para usar la expresión de Hobbes. Tenemos sólo actos parciales de institución política que nunca cristalizan en un `efecto de sociedad´. Esta incompletud constitutiva de lo social es crucial para comprender el funcionamiento de la lógica de la hegemonía”[13]
Lógica de la hegemonía, que en su especificidad, como mecanismo de articulación política, se constituye en el punto nodal que hace comprensible el eje del presente trabajo, poniendo en relación política, representación y discurso. Puesto que si la definición de toda formación discursiva sólo pueda darse a partir de significantes vacíos, que en su desprendimiento (nunca total) de la propia particularidad, encarnen la universalidad ausente de un sistema, se puede decir que en este punto de partida, ya se encuentra presente, de alguna manera, la lógica de la hegemonía, consistente en, “esta relación por la que un contenido particular pasa a ser el significante de la plenitud comunitaria ausente, es exactamente lo que llamamos relación hegemónica. La presencia de significantes vacíos –en el sentido en que lo hemos definido- es la condición misma de la hegemonía”[14]
Respecto a esto surge el problema, de que si bien es contingente la asunción de un significante vacío como representante de la plenitud, lo que se puede decir también, en el mismo sentido, en el hecho de que se encuentran indeterminados a ocupar ese papel, ¿qué hace que sean unos significantes los que asumen la vaciedad y no otros?, o ilustrando de manera política, ¿por qué determinados grupos, demandas o luchas políticas pueden pasar a representar su propia particularidad como la universalidad misma de una comunidad? La respuesta dada por Laclau en su libro Emancipación y Diferencia, remite al carácter desnivelado de lo social[15], donde las localizaciones de ciertas particularidades se encuentran en desventaja para desempeñar el papel hegemónico, no en función de un determinismo subyacente basado en la “eficacia” histórica de ciertos grupos preconstituidos, sino por el mismo resultado de pasadas fijaciones parciales del orden político, donde las la resolución de las luchas sancionaron determinadas ordenaciones frente a otras alternativas derrotadas.[16]
Esto nos acerca al carácter antagónico de lo político, al carácter inerradicable del conflicto a la hora de toda “institución hegemónica”, permitiéndonos una mirada crítica a las concepciones liberales que postulan la posibilidad de consensos raciones incluyentes, capaces de subsumir alternativas políticas enfrentadas. Respecto a esto, escribe Chantal Mouffe: “junto al antagonismo, el concepto de hegemonía constituye la noción clave para tratar la cuestión de lo `lo político´. El hecho de considerar `lo político´ como la posibilidad siempre presente del antagonismo requiere aceptar la ausencia de un fundamento último y reconocer la dimensión de indecibilidad que domina todo orden. En otras palabras, requiere admitir la naturaleza hegemónica de todos los tipos de orden social y el hecho de que toda sociedad es el producto de una seria de prácticas que intentan establecer orden en un contexto de contingencia”.[17]
Frente a esto, la propuesta de Chantal Mouffe, va estar encaminada a pensar la forma en que el antagonismo, previo reconocimiento de su carácter inerradicable, deba ser “sublimado” para el desarrollo de una política radicalmente democrática. Si lo político no puede ser pensado como una cuestión de administración tecnocrática, en manos de expertos que procesan de manera aséptica y eficaz una multiplicidad de demandas contradictorias, sino que plantea un lugar que implica decisiones que opten por alternativas contrapuestas y en pugna, se torna necesario la existencia de instituciones y prácticas que sirvan como espacio de una disputa vibrante, donde el objetivo no consista en la exorcización del antagonismo sino en su “domesticación”, de tal manera a que la clásica dicotomía schimttiana amigo/enemigo pueda tener una expresión nosotros/ellos, basado no en la búsqueda de la eliminación del otro, sino en su reconocimiento como adversario. Esto es lo que Chantal Mouffe ha defendido como la versión adversarial de la política, el paso del mero antagonismo a la disputa agonística de proyectos hegemónicos disímiles.
En relación a esto, se vuelve claro el papel que juega la representación a la hora de trazar fronteras internas en el campo de la lucha política. Si la mayor parte de las corrientes del liberalismo comparten el “parecido de familia” basado en negar la imposibilidad de erradicar el antagonismo, es porque tienen como punto de partida un individualismo metodológico, que figura al individuo, como entidad racional, consciente de sus “intereses” y constituido por una identidad plena. Esta mónada imaginaria, es la que les permitiría pensar la posibilidad de consensos racionales, o en el peor de los casos, disputas en una lógica de la “competencia” económica, permaneciendo incuestionados las reglas que rigen el status quo de un orden y poco teorizada el papel de las identificaciones colectivas.
Desde este punto de vista, la representación política sería un ámbito deliberativo, cuya calidad estaría en directa relación a la fidelidad que tienen los representantes a la hora de representar a sus representados. La no distorsión de este proceso comunicativo, su transparencia en la cadena que va desde representados plenamente constituidos en su voluntad, a los representantes que la expresan de manera no obliterada, sería la clave de una buena representación, y por ende, de la salud de un régimen liberal-democrático.
Se puede ver que esta presunción, se encuentra absolutamente ligada a la falta de problematización acerca del lenguaje, la comunicación y la identidad tratada en el primer apartado del presente trabajo. Me refiero, por un lado, al no cuestionamiento del lenguaje como posible mediador de comunicaciones transparentes, y por otro lado, a una concepción esencialista de las identidades, que las presupone plenas y no fragmentadas.
Sin embargo, y no de manera excluyente, en “muchos países del Tercer Mundo, por ejemplo, el desempleo y la marginalidad social desembocan en identidades sociales destrozadas en el nivel de la sociedad civil y en situaciones en las cuales lo más difícil es construir un interés, una voluntad para ser representada dentro del sistema político. En estas situaciones, la tarea de los líderes populares consiste, con bastante frecuencia, en proporcionar a las masas marginadas un lenguaje a partir del cual se vuelva posible la reconstitución de su identidad y su voluntad políticas. La relación representante/representado tiene que ser privilegiada como la condición misma de la participación y movilización democráticas.”[18]
Se vuelve entonces problemático, pensar en la representación como un proceso unidireccional, una vez admitido el carácter incompleto y escindido de toda identidad, así como el papel que juegan las identificaciones colectivas en el trazo de fronteras de conflicto, acercándonos a concebir, de esta manera, a la representación no como un proceso comunicativo transparente, sino como performativo de identidades políticas, que sólo puedan ser constituidas en su interior, en constante e inestables hibridaciones, productos de las prácticas discursivas e interpelaciones que negocian el juego de particularismos y universalismos, que nunca plenos y puros, permiten la articulación hegemónica de los mismos.
Volviendo a la definición inicial de discurso, podemos partir entonces de la existencia de un campo de discursividad, donde domina el exceso de sentido, el flujo sobrederminados de elementos indefinibles, la inestabilidad de algo que requiere un ordenamiento. Por otra parte, partiendo de un contexto de contingencia e inestabilidad, tenemos formaciones discursivas que se estructuran en su empeño de domesticar estas sobredeterminaciones, mediante la reducción de los elementos dispersos en momentos diferenciales al interior de una totalidad articulada.
La pregunta central sería, ¿hasta qué punto la dispersión de los elementos puede ser totalmente fijada como momento diferencial y localizable al interior de un discurso? ¿Cuál es el grado de cierre, de sistematicidad posible en un discurso, y frente a esto, cómo queda el papel contingente de la articulación?
Responder estas interrogantes nos remiten a la apropiación crítica que realizan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe del paradigma saussuriano. “El análisis saussuriano de la lengua la consideraba como sistema de diferencias, sin términos positivos; el concepto capital era el de valor, según el cual el significado de un término es puramente relacional y se determina sólo por su posición a todos los otros. Pero esto ya nos hace ver que las condiciones de posibilidad de un sistema tal son las de un sistema cerrado: solo en él es posible fijar de tal modo el sentido de cada elemento”[12]
Sucede que si la posibilidad de significación, mediante la fijación de una identidad relacional que reduzca los elementos dispersos a momentos necesarios de relación, depende del sistema, surge el problema de que el sistema, a su vez, depende de la fijación de sus propios límites. Pero si estamos refiriéndonos a un sistema significativo, es claro que su límite no pueden ser otros elementos significativos, sino un más allá que implique la interrupción, el bloqueo, o la subversión de cualquier proceso de significación. Para que las diferencias puedan ser inteligibles como diferencias, no se puede postular otra diferencia como límite, puesto que el campo de representación de estas diferencialidades se extendería hasta el infinito y todo intento de delimitación de la totalidad se desdibujaría.
Eso que bloquea, que subvierte y que amenaza la sistematicidad del sistema, es al mismo tiempo lo que la hace posible e imposible; posible porque sin esa exterioridad antagónica no habría forma de delimitar el sistema, imposible porque la delimitación, no mediante una diferencia más, sino mediante una exclusión radical que cancela, en un sentido, el elemento diferencial de todos los elementos, tornándolos equivalentes en su oposición compartida a la exterioridad que amenaza subvertir al propio sistema.
Esta imposibilidad estructural de constitución plena del discurso, es la que requiere la presencia de significantes vacíos que postulen un límite en la definición de su representación. Existe la necesidad de significantes pasibles de vaciar sus determinaciones (y sobredeterminaciones) de significado, operación de vaciamiento, sin la cual seguirían atados a la cadena de las diferencias significativas, impidiéndoles operar como límite. Por lo que el cierre y la posibilidad de fijación necesaria de identidades relacionales, como momentos necesariamente interconectados, en realidad, se encuentra abierta a las articulaciones que logren la emergencia de un significante vacío como particularidad universalizante, y cuyo resultado se limita a fijaciones parciales, o suturas precarias, siempre desbordadas por lo que habita en el exterior constitutivo.
La productividad del discurso en la formación de identidades políticas, debe ser interpretada, entonces, como la de un discurso que al no tener nunca asegurada las condiciones de su propio cierre, abre lugar a la contingencia y con ella, posibilita la apertura del juego político; puesto que si no existiera esta indecibilidad estructural y dominara la necesidad de transiciones lógicas entre posiciones diferenciales, predefinidas por una totalidad cerrada que las trasciende, el papel de intervención articulatoria, o en términos políticos, de actos de instituciones parciales, no estaría sujeto a las decisiones contingentes de los agentes políticos (que han logrado erigirse en hegemónicos mediante su vaciamiento) y al resultado incierto de sus luchas, sino que estaría predeterminado por leyes regulatorias definidas a priori y de manera esencialista.
Se vuelve pertinente, y en relación con los párrafos anteriores, explicitar dos aspectos referidos a la incompletud constitutiva de todo discurso y su consecuente necesidad de significantes vacíos que la representen como totalidad ausente: es la condición misma, en primer lugar, para un abordaje de la política en términos ontológicos, o sea como aquellos actos de instituciones parciales que producen “hegemonías” precarias; y en segundo lugar, para el tratamiento de la representación como lugar de particularismos y universalismos que en su mutua hibridación constituyen sujetos políticos.
A partir de este recorrido, podemos empezar a ver que un tratamiento de lo político en clave ontológica, requiere pensar en la des-sedimentación de lo social, o en términos más formales en, un reconocimiento de la indecibilidad estructural de toda formación discursiva, que al no estar garantizada por una legalidad endógena subyacente, que la constituya de manera esencial y la reproduzca conforme a algún patrón teleológico, requiere necesariamente de prácticas articulatorias y decisionales. “Pues bien, este proceso de des-sedimentación es, al mismo tiempo, un proceso de des-totalización de los social. ¿Por qué? Porque, dado que la sociedad ya no es concebida como unificada por una lógica subyacente, y dado también el carácter contingente de los actos de institución política, no hay ningún locus desde el cual pudiera pronunciarse un fiat soberano. No hay ningún lugar desde el cual el legislador pudiera operar como un `dios mortal´, para usar la expresión de Hobbes. Tenemos sólo actos parciales de institución política que nunca cristalizan en un `efecto de sociedad´. Esta incompletud constitutiva de lo social es crucial para comprender el funcionamiento de la lógica de la hegemonía”[13]
Lógica de la hegemonía, que en su especificidad, como mecanismo de articulación política, se constituye en el punto nodal que hace comprensible el eje del presente trabajo, poniendo en relación política, representación y discurso. Puesto que si la definición de toda formación discursiva sólo pueda darse a partir de significantes vacíos, que en su desprendimiento (nunca total) de la propia particularidad, encarnen la universalidad ausente de un sistema, se puede decir que en este punto de partida, ya se encuentra presente, de alguna manera, la lógica de la hegemonía, consistente en, “esta relación por la que un contenido particular pasa a ser el significante de la plenitud comunitaria ausente, es exactamente lo que llamamos relación hegemónica. La presencia de significantes vacíos –en el sentido en que lo hemos definido- es la condición misma de la hegemonía”[14]
Respecto a esto surge el problema, de que si bien es contingente la asunción de un significante vacío como representante de la plenitud, lo que se puede decir también, en el mismo sentido, en el hecho de que se encuentran indeterminados a ocupar ese papel, ¿qué hace que sean unos significantes los que asumen la vaciedad y no otros?, o ilustrando de manera política, ¿por qué determinados grupos, demandas o luchas políticas pueden pasar a representar su propia particularidad como la universalidad misma de una comunidad? La respuesta dada por Laclau en su libro Emancipación y Diferencia, remite al carácter desnivelado de lo social[15], donde las localizaciones de ciertas particularidades se encuentran en desventaja para desempeñar el papel hegemónico, no en función de un determinismo subyacente basado en la “eficacia” histórica de ciertos grupos preconstituidos, sino por el mismo resultado de pasadas fijaciones parciales del orden político, donde las la resolución de las luchas sancionaron determinadas ordenaciones frente a otras alternativas derrotadas.[16]
Esto nos acerca al carácter antagónico de lo político, al carácter inerradicable del conflicto a la hora de toda “institución hegemónica”, permitiéndonos una mirada crítica a las concepciones liberales que postulan la posibilidad de consensos raciones incluyentes, capaces de subsumir alternativas políticas enfrentadas. Respecto a esto, escribe Chantal Mouffe: “junto al antagonismo, el concepto de hegemonía constituye la noción clave para tratar la cuestión de lo `lo político´. El hecho de considerar `lo político´ como la posibilidad siempre presente del antagonismo requiere aceptar la ausencia de un fundamento último y reconocer la dimensión de indecibilidad que domina todo orden. En otras palabras, requiere admitir la naturaleza hegemónica de todos los tipos de orden social y el hecho de que toda sociedad es el producto de una seria de prácticas que intentan establecer orden en un contexto de contingencia”.[17]
Frente a esto, la propuesta de Chantal Mouffe, va estar encaminada a pensar la forma en que el antagonismo, previo reconocimiento de su carácter inerradicable, deba ser “sublimado” para el desarrollo de una política radicalmente democrática. Si lo político no puede ser pensado como una cuestión de administración tecnocrática, en manos de expertos que procesan de manera aséptica y eficaz una multiplicidad de demandas contradictorias, sino que plantea un lugar que implica decisiones que opten por alternativas contrapuestas y en pugna, se torna necesario la existencia de instituciones y prácticas que sirvan como espacio de una disputa vibrante, donde el objetivo no consista en la exorcización del antagonismo sino en su “domesticación”, de tal manera a que la clásica dicotomía schimttiana amigo/enemigo pueda tener una expresión nosotros/ellos, basado no en la búsqueda de la eliminación del otro, sino en su reconocimiento como adversario. Esto es lo que Chantal Mouffe ha defendido como la versión adversarial de la política, el paso del mero antagonismo a la disputa agonística de proyectos hegemónicos disímiles.
En relación a esto, se vuelve claro el papel que juega la representación a la hora de trazar fronteras internas en el campo de la lucha política. Si la mayor parte de las corrientes del liberalismo comparten el “parecido de familia” basado en negar la imposibilidad de erradicar el antagonismo, es porque tienen como punto de partida un individualismo metodológico, que figura al individuo, como entidad racional, consciente de sus “intereses” y constituido por una identidad plena. Esta mónada imaginaria, es la que les permitiría pensar la posibilidad de consensos racionales, o en el peor de los casos, disputas en una lógica de la “competencia” económica, permaneciendo incuestionados las reglas que rigen el status quo de un orden y poco teorizada el papel de las identificaciones colectivas.
Desde este punto de vista, la representación política sería un ámbito deliberativo, cuya calidad estaría en directa relación a la fidelidad que tienen los representantes a la hora de representar a sus representados. La no distorsión de este proceso comunicativo, su transparencia en la cadena que va desde representados plenamente constituidos en su voluntad, a los representantes que la expresan de manera no obliterada, sería la clave de una buena representación, y por ende, de la salud de un régimen liberal-democrático.
Se puede ver que esta presunción, se encuentra absolutamente ligada a la falta de problematización acerca del lenguaje, la comunicación y la identidad tratada en el primer apartado del presente trabajo. Me refiero, por un lado, al no cuestionamiento del lenguaje como posible mediador de comunicaciones transparentes, y por otro lado, a una concepción esencialista de las identidades, que las presupone plenas y no fragmentadas.
Sin embargo, y no de manera excluyente, en “muchos países del Tercer Mundo, por ejemplo, el desempleo y la marginalidad social desembocan en identidades sociales destrozadas en el nivel de la sociedad civil y en situaciones en las cuales lo más difícil es construir un interés, una voluntad para ser representada dentro del sistema político. En estas situaciones, la tarea de los líderes populares consiste, con bastante frecuencia, en proporcionar a las masas marginadas un lenguaje a partir del cual se vuelva posible la reconstitución de su identidad y su voluntad políticas. La relación representante/representado tiene que ser privilegiada como la condición misma de la participación y movilización democráticas.”[18]
Se vuelve entonces problemático, pensar en la representación como un proceso unidireccional, una vez admitido el carácter incompleto y escindido de toda identidad, así como el papel que juegan las identificaciones colectivas en el trazo de fronteras de conflicto, acercándonos a concebir, de esta manera, a la representación no como un proceso comunicativo transparente, sino como performativo de identidades políticas, que sólo puedan ser constituidas en su interior, en constante e inestables hibridaciones, productos de las prácticas discursivas e interpelaciones que negocian el juego de particularismos y universalismos, que nunca plenos y puros, permiten la articulación hegemónica de los mismos.
A modo de conclusión
A lo largo del presente trabajo, he buscado desarrollar una exploración que permita un acercamiento a las relaciones existentes entre política, representación y discurso, tal como es teorizada en la obra de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Me pareció relevante contextualizarlos de alguna manera, con una primera aproximación a ciertos conceptos que desde el siglo pasado vienen problematizando y posicionando en un lugar de suma relevancia, las cuestiones ligadas al lenguaje, la comunicación y la identidad.
En este sentido, me ha resultado esclarecedora y absolutamente convergente la idea -presente en el libro “Filosofía marxista del lenguaje” de Bajtin-Voloshinov- de que las clases dominantes aspiran siempre a la consolidación de monologismos y monoacentuaciones, que subordinen la diversidad de voces, con la idea de una presencia constitutiva del antagonismo y la sanción hegemónica de todo orden, sostenida por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Dilucidar de esta manera, el carácter conflictivo que habita en un nivel primario, como es el de un colectivo semiótico, tiene mucho que decir para una teoría sobre la política que intente ir más allá de los poderes constituidos y reflexione sobre las lógicas de los poderes instituyentes.
De la misma manera, ha sido oportuno problematizar la posibilidad de servirse del lenguaje como un instrumento de comunicación, que en su refinamiento, sería el vehículo de significaciones transparentes, señalando en contraposición a esto, el carácter indisociable del lenguaje respecto al hombre, siendo no el instrumento externo del cual se sirve, sino el mismo lugar de su constitución subjetiva.
Esta idea, señalada por Benveniste cuando refería a la inexistencia de un momento de invención del lenguaje, señalada por Bajtin en su metáfora de que ningún hablante es un “Adán bíblico” que nombre objetos vírgenes, así como por Derrida al tematizar el lugar de la ausencia como constitutiva no solo de la escritura sino de todos los sistemas de significación, también me parecen absolutamente convergentes con el tratamiento que desarrolla Ernesto Laclau acerca de la representación. En efecto, sólo dejando en pie la posibilidad de emisores y receptores plenamente delimitados, y suponiendo que la codificación y decodificación de un mensaje puede ser posible sin distorsiones, se podría pretender una representación que solo privilegie la dirección que va del representado al representante.
Asimismo, el acercamiento a los debates contemporáneos sobre la identidad producto de los descentramientos que sufrido el sujeto moderno -esquematizado en este trabajo por el aporte de Stuart Hall- me ha permitido una mayor comprensión en la productividad del discurso, a la hora de recrear identidades escindidas e indefinibles desde algún primado ontológico. Esto nos acerca a la sugerente proposición de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sobre el carácter dividido de toda identidad, al estar atravesada por su propia particularidad como diferencia, pero al mismo tiempo por su equivalencia con otras identidades, en el hecho de que siendo parte de un campo de representación, comparten el hecho de ser antagónicas a lo irrepresentable: esa exterioridad constitutiva, sin la cual solo existiría disolución e ininteligibilidad (pero que paradójicamente siempre están amenazando con la disolución y la ininteligibilidad al sistema, y por esto mismo existe la política como articulación a partir de lo contingente).
Referencias
· Voloshinov, V. "El estudio de las ideologías y la filosofía del lenguaje" y "Planteamiento del problema del ´discurso ajeno' en El marxismo y la filosofía del lenguaje, Madrid, Alianza Universidad, 1992.
· Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación” y: “De la subjetividad en el lenguaje” en Problemas de lingüística general, México, Siglo XXI.
· Bajtín, M."El problema de los géneros discursivos" en Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI.
· Derrida, J. “Firma, acontecimiento, contexto” en Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra, 1989.
· Laclau, Ernesto. “Porqué los significantes vacíos son importantes para la política" y "Sujeto de la política y política del sujeto" en Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996
· Laclau, Ernesto: “Populismo, ¿qué hay en el nombre?”, en Arfuch, L. (Comp.) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidos, 2005.
· Mouffe Chantal: “Política y pasiones: las apuestas de la democracia”, en Arfuch, L. (Comp.) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidos, 2005.
· Laclau, E., Mouffe, Cf. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987.
· Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998.
[1] “El sentido, el contenido del mensaje semántico sería transmitido, comunicado, por diferentes medios, mediaciones técnicamente más poderosas, a una distancia mucho mayor, pero en un medio fundamentalmente continuo e igual a sí mismo, en un elemento homogéneo, a través del cual la unidad, la integridad del sentido no se vería esencialmente afectada” Derrida, J. “Firma, acontecimiento y contexto” en Márgenes de la Filosofía, Cátedra, 1989 p. 351.
[2] Benveniste, E. “De la subjetividad en lenguaje” en “Problemas de lingüística general”, México, Siglo XXI, pp.180-181
[3] Bajtin, M. El problema de los géneros discursivos en “Estética de la creación verbal”, México, Siglo XXI, p.284
[4] Bajtin, M./ Voloshinov, V. “El estudio de la ideología y la filosofía del lenguaje” en “El marxismo y la filosofía del lenguaje”, Madrid, Alianza Universidad, 1992, p. 49.
[5] Hall, S. “Quién necesita identidad”, en Hall, S y du Gay, P (comps). Cuestiones de identidad cultural, Buenos Aires, Amorrortu, p. 18.
[6] Vila P. “Identidades culturales y sociales”, en Di Tella, T. (editor) Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas, Buenos Aires, Emecé, 2002, pp. 346-351
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
[10] Laclau, E., Mouffe, Ch. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987, pp. 142, 143.
[11] Como dicen Laclau y Mouffe: “Lo que se niega no es la existencia, externa al pensamiento, de dichos objetos, sino la afirmación de que ellos puedan constituirse como objetos al margen de toda condición discursiva de emergencia”, Ibíd. ,p. 147
[12] Laclau, E., Mouffe, Ch. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987, p.153.
[13] Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998, p98,99
[14] “Porqué los significantes vacíos son importantes para la política" en Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996, p82
[15] Ibíd., p. 81
[16] Nota mía: Es pertinente aclarar que Ernesto Laclau tiene como punto de partida, en su análisis de la lógica hegemónica, a la categoría de demanda, como un nivel más primario que la del grupo, puesto que el grupo no es sino la articulación de una serie de demandas, y los agentes políticos la sedimentación de determinadas prácticas. Lejos de ser esto, cercano a alguna forma de individualismo metodológico, es un cuestionamiento a la idea de que los individuos tienen una identidad preconstituida por fuera de las prácticas y las representaciones que los interpelan, asimismo también es una forma de evitar un “sociologismo ingenuo” que partiría de grupos preconstituidos por su localización estructural. Por otra parte, la demanda tampoco implica que siempre pueda ser subsumida por el sistema al cual se dirige, por el contrario, la política en términos de lucha hegemónica, surge cuando esta posibilidad es negada y se torna necesaria la constitución de cadenas equivalencias que desdibujen las particularidades originarias de los reclamos. Por ende ser busca evitar tanto el esencialismo del elemento como el de la totalidad.
[17] Mouffe, Ch. “La política como hegemonía”, en “En torno a lo político”, FCE, Buenos Aires, 2007, p. 24.
[18] Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998, pp. 102-103.
En este sentido, me ha resultado esclarecedora y absolutamente convergente la idea -presente en el libro “Filosofía marxista del lenguaje” de Bajtin-Voloshinov- de que las clases dominantes aspiran siempre a la consolidación de monologismos y monoacentuaciones, que subordinen la diversidad de voces, con la idea de una presencia constitutiva del antagonismo y la sanción hegemónica de todo orden, sostenida por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Dilucidar de esta manera, el carácter conflictivo que habita en un nivel primario, como es el de un colectivo semiótico, tiene mucho que decir para una teoría sobre la política que intente ir más allá de los poderes constituidos y reflexione sobre las lógicas de los poderes instituyentes.
De la misma manera, ha sido oportuno problematizar la posibilidad de servirse del lenguaje como un instrumento de comunicación, que en su refinamiento, sería el vehículo de significaciones transparentes, señalando en contraposición a esto, el carácter indisociable del lenguaje respecto al hombre, siendo no el instrumento externo del cual se sirve, sino el mismo lugar de su constitución subjetiva.
Esta idea, señalada por Benveniste cuando refería a la inexistencia de un momento de invención del lenguaje, señalada por Bajtin en su metáfora de que ningún hablante es un “Adán bíblico” que nombre objetos vírgenes, así como por Derrida al tematizar el lugar de la ausencia como constitutiva no solo de la escritura sino de todos los sistemas de significación, también me parecen absolutamente convergentes con el tratamiento que desarrolla Ernesto Laclau acerca de la representación. En efecto, sólo dejando en pie la posibilidad de emisores y receptores plenamente delimitados, y suponiendo que la codificación y decodificación de un mensaje puede ser posible sin distorsiones, se podría pretender una representación que solo privilegie la dirección que va del representado al representante.
Asimismo, el acercamiento a los debates contemporáneos sobre la identidad producto de los descentramientos que sufrido el sujeto moderno -esquematizado en este trabajo por el aporte de Stuart Hall- me ha permitido una mayor comprensión en la productividad del discurso, a la hora de recrear identidades escindidas e indefinibles desde algún primado ontológico. Esto nos acerca a la sugerente proposición de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sobre el carácter dividido de toda identidad, al estar atravesada por su propia particularidad como diferencia, pero al mismo tiempo por su equivalencia con otras identidades, en el hecho de que siendo parte de un campo de representación, comparten el hecho de ser antagónicas a lo irrepresentable: esa exterioridad constitutiva, sin la cual solo existiría disolución e ininteligibilidad (pero que paradójicamente siempre están amenazando con la disolución y la ininteligibilidad al sistema, y por esto mismo existe la política como articulación a partir de lo contingente).
Referencias
· Voloshinov, V. "El estudio de las ideologías y la filosofía del lenguaje" y "Planteamiento del problema del ´discurso ajeno' en El marxismo y la filosofía del lenguaje, Madrid, Alianza Universidad, 1992.
· Benveniste, E. “El aparato formal de la enunciación” y: “De la subjetividad en el lenguaje” en Problemas de lingüística general, México, Siglo XXI.
· Bajtín, M."El problema de los géneros discursivos" en Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI.
· Derrida, J. “Firma, acontecimiento, contexto” en Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra, 1989.
· Laclau, Ernesto. “Porqué los significantes vacíos son importantes para la política" y "Sujeto de la política y política del sujeto" en Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996
· Laclau, Ernesto: “Populismo, ¿qué hay en el nombre?”, en Arfuch, L. (Comp.) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidos, 2005.
· Mouffe Chantal: “Política y pasiones: las apuestas de la democracia”, en Arfuch, L. (Comp.) Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias, Buenos Aires, Paidos, 2005.
· Laclau, E., Mouffe, Cf. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987.
· Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998.
[1] “El sentido, el contenido del mensaje semántico sería transmitido, comunicado, por diferentes medios, mediaciones técnicamente más poderosas, a una distancia mucho mayor, pero en un medio fundamentalmente continuo e igual a sí mismo, en un elemento homogéneo, a través del cual la unidad, la integridad del sentido no se vería esencialmente afectada” Derrida, J. “Firma, acontecimiento y contexto” en Márgenes de la Filosofía, Cátedra, 1989 p. 351.
[2] Benveniste, E. “De la subjetividad en lenguaje” en “Problemas de lingüística general”, México, Siglo XXI, pp.180-181
[3] Bajtin, M. El problema de los géneros discursivos en “Estética de la creación verbal”, México, Siglo XXI, p.284
[4] Bajtin, M./ Voloshinov, V. “El estudio de la ideología y la filosofía del lenguaje” en “El marxismo y la filosofía del lenguaje”, Madrid, Alianza Universidad, 1992, p. 49.
[5] Hall, S. “Quién necesita identidad”, en Hall, S y du Gay, P (comps). Cuestiones de identidad cultural, Buenos Aires, Amorrortu, p. 18.
[6] Vila P. “Identidades culturales y sociales”, en Di Tella, T. (editor) Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas, Buenos Aires, Emecé, 2002, pp. 346-351
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
[10] Laclau, E., Mouffe, Ch. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987, pp. 142, 143.
[11] Como dicen Laclau y Mouffe: “Lo que se niega no es la existencia, externa al pensamiento, de dichos objetos, sino la afirmación de que ellos puedan constituirse como objetos al margen de toda condición discursiva de emergencia”, Ibíd. ,p. 147
[12] Laclau, E., Mouffe, Ch. “Articulación y discurso”, en “Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia”, FCE, 1987, p.153.
[13] Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998, p98,99
[14] “Porqué los significantes vacíos son importantes para la política" en Emancipación y diferencia, Buenos Aires, Ariel, 1996, p82
[15] Ibíd., p. 81
[16] Nota mía: Es pertinente aclarar que Ernesto Laclau tiene como punto de partida, en su análisis de la lógica hegemónica, a la categoría de demanda, como un nivel más primario que la del grupo, puesto que el grupo no es sino la articulación de una serie de demandas, y los agentes políticos la sedimentación de determinadas prácticas. Lejos de ser esto, cercano a alguna forma de individualismo metodológico, es un cuestionamiento a la idea de que los individuos tienen una identidad preconstituida por fuera de las prácticas y las representaciones que los interpelan, asimismo también es una forma de evitar un “sociologismo ingenuo” que partiría de grupos preconstituidos por su localización estructural. Por otra parte, la demanda tampoco implica que siempre pueda ser subsumida por el sistema al cual se dirige, por el contrario, la política en términos de lucha hegemónica, surge cuando esta posibilidad es negada y se torna necesaria la constitución de cadenas equivalencias que desdibujen las particularidades originarias de los reclamos. Por ende ser busca evitar tanto el esencialismo del elemento como el de la totalidad.
[17] Mouffe, Ch. “La política como hegemonía”, en “En torno a lo político”, FCE, Buenos Aires, 2007, p. 24.
[18] Laclau, E. “Deconstrucción, Pragmatismo y hegemonía”, en “Deconstrucción y Pragmatismo”, comp. Chantal Mouffe, Buenos Aires, Paidos, 1998, pp. 102-103.
domingo 29 de junio de 2008
El odio de estos días

Por José Pablo Feinmann (Pagina 12)
Uno de los mails que recibí durante estos días me pareció no sólo doloroso, sino revelador de un estado de espíritu que atraviesa la derechizada sociedad argentina de estos días. Esta derechización no tiene nada de extraño pues el mundo ha girado a la derecha y en los países ricos surgen el fascismo, el neonazismo, la violencia contra el diferente, la incapacidad del diálogo, el desprecio de la democracia. Estuve –por cuestiones literarias– unos quince días en Europa y la xenofobia, el racismo y la violencia que conllevan son moneda de todos los días. Todos piden que se expulse a los inmigrantes, que no se los deje entrar. Se levantan muros legales o muros reales, como el que levanta Bush contra los mexicanos. El mundo está entre la derecha occidental y el irracionalismo extremo del islamismo. Entre tanto, habían surgido algunos gobiernos tenuemente populistas en América latina, a los que se toleró durante un breve tiempo y sobre los cuales las embestidas son cada vez más feroces. Se trataría de quebrar algunas opciones de esos gobiernos: reemplazar el Mercosur por el ALCA, abjurar de todo gesto de intervencionismo estatal, eliminar cualquier intento de redistribución de la riqueza, concentrar definitivamente los medios de comunicación en el sistema comunicacional que establece hegemónicamente Estados Unidos (con matices, pero sin diferencias notables), desterrar todo lo que apeste a populismo. Si esto se hará democráticamente o no es difícil decirlo. A Chávez, entre la oposición política, los medios de comunicación y el apoyo de Estados Unidos, estuvieron por voltearlo. Lo que se nota en la Argentina es un factor que acaso (porque así es este país) se manifieste con más potencia que en cualquier otra parte: el odio. Sencilla, simplemente, poderosamente el odio. Si alguien pudo pintar: “Cristina vas a morir como Evita”, todo es posible. Si a Cristina se le endilgan insultos del calibre más bajo, más obsceno y si, para peor, son las mujeres las que principalmente lo hacen, uno se pregunta: ¿qué pasa? Supongamos que el gobierno de Cristina Fernández no le cae bien a un sector de la población, pero: ¿es para tanto? ¿Es para injuriarlo más que a Menem, que a De la Rúa? Sabiendo (y aceptando en alguna medida) que a otros gobiernos, sobre todo al militar, no se les dijo nada de esto.
Tomo un ejemplo. El cantante Ignacio Copani escribió una canción. Yo no conozco a Copani. Pero ése no es un problema de él, acaso sea un problema mío. Escucho música clásica desde joven y no he logrado moverme de ahí. Hay quienes intentan hacerme “entrar” en el rock, pero no lo logran. Lo siento. La cuestión es que Copani compuso una canción que lleva un título traslúcido. Se llama: “Cacerola de teflón”. Debe tratarse de una crítica al sector social pro-agrario que se manifiesta en las calles con los utensilios que tiene en su cocina según su pertenencia en la escala social. Las cacerolas que tiene son de teflón. Copani canta su letra. Dice lo que tiene que decir y ahí empieza la invasión mediática. El “foro”, en Internet, tiene un anonimato que facilita la agresión y hasta el insulto más soez. Facilita la expresión del odio. De este modo, Copani dice que, a raíz de su canción, recibió algunos mensajes afectuosos. Pero: “Pero he recibido también otro tipo de contactos llenos de reproches, cargados de odio, regados de violencia, intolerancia, agresión y con un espíritu inquisidor que no creí que anidara todavía en gente de mi comunidad. He sido amenazado, agraviado, insultado, difamado, calumniado y, peor aún, han sufrido ese tipo de atropello miembros de mi familia. No me refiero a los impunes foros de Internet sino a e-mails, cartas y llamados recibidos”. ¿Qué pasa? ¿Dónde estamos viviendo? ¿Esta es la ciudad de Buenos Aires? ¿Esta es la capital cultural de América latina? ¿De dónde salió esta tropa de asalto, organizada, feroz, violenta al extremo de estar a las puertas de la agresión física?
Sigue Copani: “Aquellos que piensan que la Sra. Presidenta de mi país me paga por verso, recital u opinión, simplemente están expresando su propia escala de valores y asumiendo que ellos mismos podrían torcer sus convicciones a un precio determinado. Yo no”. Este es otro toque infaltable de este periodismo del odio. Afirma: todo aquel que se manifieste a favor de este gobierno lo hace por interés. En cambio, si “el campo” llena la Plaza ahí está la patria, la tierra, los valores centenarios, la clase rural que hizo la grandeza de la patria. Si la llena el Gobierno son todos gronchos traídos en los camiones de Moyano, o bandoleros de D’Elía, o desdichados que están ahí por un choripán. Y esto lo dicen periodistas con una trayectoria. Que de pronto se han erizado también de odio. Algunos de ellos cambiarán milagrosamente no bien el Gobierno arregle con sus patrones, con los grupos económicos para los que trabajan. La conversión ideológica del periodismo en los últimos tiempos ha sido vertiginosa. Incluso conozco mucha gente que lo detecta. “¿Viste? Fulano ahora ya no está en contra de Cristina”. “Y claro: si la empresa para la que labura arregló con el Gobierno.” Hay, sin embargo, un ingrediente genuino en este periodismo que acaso ni puedan variar, aunque el grupo mediático para el que trabajan les dé la contraorden: su antiperonismo. El odio gorila pocas veces penetró tanto en nuestra sociedad. Y peor aún: el odio a la generación del ’70. Lo peor que se le puede decir a alguien es setentista. Y al matrimonio presidencial se les dice sin más “la pareja montonera”, cuando jamás estuvieron en esa organización y no se ha discutido aún con claridad los dislates o no que ha cometido en nuestro país. Dice, en fin, Copani: “Nunca discuto una crítica, sea como sea y venga de quien venga. Pero en este caso no recibí opiniones sobre la conformación estética del tema, de su métrica, de sus rimas, de sus sonidos, de la destreza para ejecutarla, sino una violenta y censuradora mirada hacia el contenido de mis ideas y mi conducta, bien típico de tiempos de inquisición y dictaduras”.
Voy a citar ahora otro mail. Es de Hernán Nemi, que tiene 36 años, es profesor de Literatura en la Universidad de Morón, da clases en varios colegios secundarios y tiene un par de obras escritas para Teatro por la Identidad. (Esto lo torna muy sospechoso para la Argentina del odio y sus voceros comunicacionales. Porque la cosa también tiene este costado de destrucción fundamental: “¡Basta con esa cuestión de los derechos humanos! ¡Basta de juzgar a militares! ¡Basta de exhibir a Hebe de Bonafini en cada acto! ¡Ni a la Carlotto nos bancamos ya! ¡Eso terminó, es el pasado, hay que archivarlo!” O si no: “¡Hay que juzgar a los guerrilleros! ¿O no quedó alguno vivo?”.) Suscribo todo lo que dice Nemi, de modo que citarlo es hablar y decir por su medio, que es impecable, y exhibe una prosa inusual: “Se critica a Cristina por autoritaria: ¿qué otro presidente hubiera soportado cien días con rutas cortadas, desabastecimiento y amenazas constantes sin disparar un solo tiro ni reprimir en ninguno de los cientos de cortes de caminos que hubo? Entre el 19 y 20 de diciembre de 2001 murieron 31 personas en la represión del gobierno de De la Rúa a las manifestaciones populares. El matrimonio ‘montonero’ tuvo la actitud más tolerante y democrática frente a las protestas de la ciudadanía que se recuerde en toda la historia argentina”. Aquí sólo podríamos pulir la frase “toda la historia argentina”. Hubo otros gobiernos con tolerancia de democrática. Es cierto que, en este caso, el llamado “campo” ha paralizado el país y su abastecimiento. Se trata, sin más, de un acto de subversión absoluto que deteriora por completo el funcionamiento del país. Y a los piqueteros se los quería colgar por cortar una calle.
Sigue Hernán Nemi: “¿Es éticamente correcto que la clase media y alta de Buenos Aires salgan a golpear cacerolas por las retenciones del campo cuando jamás las golpearon por las flacas jubilaciones que cobran nuestros viejos ni por los chicos que tienen hambre, ni por los sueldos docentes, ni por la carpa docente, ni por la privatización vergonzosa de nuestras empresas en los ’90?”. Y también: “¿Tiene autoridad moral la Sociedad Rural de pedir más institucionalidad cuando apoyó a cuanto gobierno de facto hubo en la Argentina? ¿Este campo hoy indignado es el mismo que aplaudió a Menem a lo largo de la década del 90? Sí, es el mismo”. Es siempre el mismo, Hernán: es el que recibió con atronadores aplausos a Juan Carlos Onganía cuando el dictador entró en el predio de la Sociedad Rural... ¡en carroza! El que abucheó a Alfonsín. El que respaldó a la patria financiera en el golpe de mercado. El que apoyó a Videla y negoció con Menem. Hoy, en esta Argentina del odio, es la clase heroica que representa los intereses de la patria. ¡Y con los periodistas progres a sus pies!
Y, por fin, escribe Hernán: “Quienes piensan –legítimamente– que los ruralistas tienen razón, ¿por qué lo expresan a través de mails o comentarios tan agresivos, tan cargados de odio, tan faltos de argumentos racionales?, ¿qué nos pasa a los argentinos (y argentinas) que nos cuesta tanto bancarnos a una mujer como presidenta? Muchos de los adjetivos de esos mails –muchos de ellos enviados por mujeres– muestran el peor machismo: se la llama a Cristina ‘puta’, ‘conchuda’, ‘turra’, ‘tilinga’... Y al mismo tiempo, los argumentos brillan por su ausencia”.
Es así, Hernán: pero eso de bancarse a una mujer como presidenta no nos pasa “a los argentinos”, sino a ciertos argentinos. Y si hiciera otra política le tirarían flores. No es que no se bancan a una mujer, no se bancan una política. El poder, en este país, es pragmático. Si hacés lo que yo te digo, lo que yo necesito, lo que llena mis arcas, estoy con vos y sos hermoso. No lo olviden: si el establishment argentino se bancó a Menem, se puede bancar a Drácula. Al sólo costo de que Drácula haga lo que ellos quieren.
sábado 28 de junio de 2008
sexo
alcohol y tu perfume
música muy fuerte
soltería repentina
sexo
agua fría derramada
mirada caliente
mano contra mano
sexo
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jueves 26 de junio de 2008
miércoles 25 de junio de 2008
Tristes parciales tristes
Oliverio Girondo irrumpe en la escena poética argentina en la década del ’20 con el libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, del cual, Exvoto, texto perteneciente a dicho libro, nos ocuparemos aquí. Fue Girondo el primer poeta argentino en incorporar el humor a los textos poéticos. Pero el humor como centralidad, materializado en la palabra, en lo que se nombra. Y para la época esto representaba un riesgo: una innovación en el campo de la literatura que se caracterizaba por una solemnidad irremediable, insistiendo ante todo en la belleza de la palabra y en el cuerpo velado.
Así, Girondo se permite mencionar en Exvoto, no a la luna lugoniana, sino palabras tan provocadoras, tabúes, como por ejemplo “nalgas”, “pezones”, “sexo”, eyaculen”. La poesía con Girondo inaugura otra particularidad: el lenguaje urbano y coloquial. Dice la primera entrada de la RAE para Exvoto: “don u ofrenda, como una muleta, una mortaja, una figura de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios…”; entonces, este título que a primera vista no proclama el humor que en el contenido del poema se propone burlar: la ofrenda en este caso es el cuerpo, que aparece en primer plano. Y especialmente el cuerpo de la mujer, que estaba destinado a lo innombrable, a la mesura y que aquí aparece en exceso, escindido y “desnudo” (“para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas”). Junto a este cuerpo de la mujer, escindido, aparece la necesidad y la libertad para nombrar ese cuerpo que antes aparecía oculto, velado, como en la primera etapa de Alfonsina Storni.
Exvoto es uno de los pocos textos en prosa de Veinte poemas… organizado en cuatro estrofas. Es una prosa poética donde lo fundamental es el ritmo. Aparece como decíamos el cuerpo de la mujer fragmentado, en pedazos (“ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos”). Al no haber rimas, la estructuración del texto se evidencia en los sonidos reiterativos. Y ya desde el título tenemos la reiteración de una partícula mínima que es la “o”, que luego va a aparecer en la primera y segunda estrofa como en “ojos”, “Molino”, “moños”, “miedo”, “sexo” e incluso “Flores” posee esa “o”. Esta rima interna permite articular el ritmo.
Hay pues toda una estética del cuerpo que se evidencia en las “chicas” y particularmente en “Flores” que permite una ambigüedad: “Flores” como el lugar específico y como lo que representa en la mujer, a saber su órgano reproductor. Siguiendo a Tinianov, encontramos palabras claves de posiciones evidenciadas como “corsé” que nos remite directamente a un cuerpo sofocado, cubierto, y del cual Girondo intenta develar desde el humor, la burla y la ironía.
Así, Girondo se permite mencionar en Exvoto, no a la luna lugoniana, sino palabras tan provocadoras, tabúes, como por ejemplo “nalgas”, “pezones”, “sexo”, eyaculen”. La poesía con Girondo inaugura otra particularidad: el lenguaje urbano y coloquial. Dice la primera entrada de la RAE para Exvoto: “don u ofrenda, como una muleta, una mortaja, una figura de cera, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios…”; entonces, este título que a primera vista no proclama el humor que en el contenido del poema se propone burlar: la ofrenda en este caso es el cuerpo, que aparece en primer plano. Y especialmente el cuerpo de la mujer, que estaba destinado a lo innombrable, a la mesura y que aquí aparece en exceso, escindido y “desnudo” (“para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas”). Junto a este cuerpo de la mujer, escindido, aparece la necesidad y la libertad para nombrar ese cuerpo que antes aparecía oculto, velado, como en la primera etapa de Alfonsina Storni.
Exvoto es uno de los pocos textos en prosa de Veinte poemas… organizado en cuatro estrofas. Es una prosa poética donde lo fundamental es el ritmo. Aparece como decíamos el cuerpo de la mujer fragmentado, en pedazos (“ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos”). Al no haber rimas, la estructuración del texto se evidencia en los sonidos reiterativos. Y ya desde el título tenemos la reiteración de una partícula mínima que es la “o”, que luego va a aparecer en la primera y segunda estrofa como en “ojos”, “Molino”, “moños”, “miedo”, “sexo” e incluso “Flores” posee esa “o”. Esta rima interna permite articular el ritmo.
Hay pues toda una estética del cuerpo que se evidencia en las “chicas” y particularmente en “Flores” que permite una ambigüedad: “Flores” como el lugar específico y como lo que representa en la mujer, a saber su órgano reproductor. Siguiendo a Tinianov, encontramos palabras claves de posiciones evidenciadas como “corsé” que nos remite directamente a un cuerpo sofocado, cubierto, y del cual Girondo intenta develar desde el humor, la burla y la ironía.
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El éxtasis del fútbol, la agonía del país

nota de página 12
Pasaron tres décadas desde aquel 3-1 a Holanda, con dos goles de Kempes y uno de Bertoni, un éxito logrado digna y legítimamente en la cancha que la dictadura militar manchó de sangre, como todo lo que tocaba, salpicándolo para siempre.
Por Juan José Panno
Fragmento de “La música que quiero”, un poema del periodista Carlos Ferreira.
“De la casa tejida sale el dueño,
piso su área, invado sus dominios,
amago que me voy, pero me quedo.
Pasa de largo
y entonces me transformo en un
torero:
levanto los brazos al tiempo que le
pego.
Giro de pronto,
apoyo las rodillas en el suelo,
aspiro todo el aire que me pide el
pecho
y empiezo a oír la música que
quiero.”
El poema no hace referencias personales, pero le cabe a Mario Alberto Kempes. Uno lee y por estos días piensa en Kempes, en gol argentino. Goles para superar a Polonia, para dejar atrás a Perú, para la venganza contra Holanda.
Kempes había jugado el segundo tiempo de aquel partido del ’74 contra la Naranja Mecánica, en Gelsenkirchen. Entró por René Houseman en el inicio del segundo tiempo. Y tocó la pelota tanto como Ubaldo Matildo Fillol, que integraba el plantel, pero estaba afuera... Los tres sufrieron en el pellejo propio la vergüenza del baile y del 4-0 que no fue el doble porque los holandeses bajaron de revoluciones, para ellos el campeonato seguía. A este cronista le tocó también padecer aquella goleada. No tocaron la pelota ni Kempes, ni Houseman, ni Wolff, ni Carnevale, ni Balbuena y siguen los ni.
La primera llegada hasta el arco holandés fue un remate de Ayala desde lejos, a las manos del arquero Jongbloed sobre la mitad del segundo tiempo. Alguna vez contó Roberto Perfumo que, con el partido 2-0, el arquero Daniel Carnevali se apuró para ir a buscar una pelota que se había ido afuera y él le sugirió que hiciera tiempo. “Pará, loco, tranquilo –le dijo– que éstos nos van a hacer media docena.”
Cuatro años después de aquello, Argentina disputó la final del Mundial contra casi los mismos jugadores holandeses. Parecía mentira. En el medio pasó que César Menotti se hizo cargo de la Selección. El Flaco jerarquizó al equipo nacional. Convenció a los deprimidos futbolistas locales de que con una buena preparación física podían jugar de igual a igual con los europeos y hacer pesar la superioridad técnica; logró darle contenido a la idea de que la Selección era la prioridad Nº 1; entrenó a fondo; hizo amistosos contra los más pesados; llevó a la Selección por todo el país, convocó a jugadores de distintos equipos; se bancó las críticas despiadadas (como Basile hoy, como Bielsa ayer) de quienes no aceptaban ni su estilo de juego ni su manejo con la prensa y logró el objetivo de armar una selección competitiva. Los jugadores, acaso por primera vez en la historia después del desastre de Suecia sentían orgullo de ser convocados para el seleccionado. Eso sigue hasta hoy.
Argentina del ’78 era un equipo muy sólido, aguerrido, simple y contundente, aunque no todo lo vistoso que hubiera pretendido el entrenador y quienes suscribían su ideario futbolístico. El Juvenil del ’79, sí lució en tiempo completo la belleza estética que aquel cuadro del ’78 sólo conseguía fugazmente.
Jugaba con cuatro defensores, sostenía todo el andamiaje con Gallego parado delante de la línea de cuatro, pendulaba con la movilidad de Ardiles y atacaba con dos wines bien abiertos: Bertoni o Houseman y Ortiz. Un delantero centro, un referente de área como dicen ahora, Luque; y Kempes, líbero de toda la cancha, inclasificable polifuncional capaz de arrancar de bien atrás para llegar hasta lo más profundo de las defensas rivales.
Con tres de punta o con dos, con Valencia, Villa o Larrosa en la cancha, daba lo mismo: Kempes siempre encontraba su lugar en el mundo y resultaba vital para el equipo y letal para los rivales. La columna vertebral: Passarella-Gallego-Kempes se completaba con Fillol. El Pato conservaba en el arco lo que los demás construían con paciencia arriba. La Selección pasó la primera fase, asimiló el impacto de la caída contra Italia y atravesó el camino hacia la final, ya con Kempes en el mejor nivel. La historia es conocida: 2-0 a Polonia con una primera atajada de Kempes para evitar que la pelota entrara y una segunda volada de Fillol en el penal e Deyna; empate con Brasil, goleada a Perú. Punto y aparte.
Aquella goleada a los peruanos estará eternamente bajo sospecha. No hay pruebas fehacientes del arreglo, pero sí datos cruzados que hacen pensar que el almirante Lacoste y sus secuaces se movieron para asegurarse de que los peruanos no ofrecieran demasiada resistencia. Lo que está claro es que si hubo algo turbio no partió de los jugadores ni del cuerpo técnico. Y también es innegable que la Selección estaba en condiciones de hacerle los goles que necesitaba. Los peruanos habían llegado a este partido después de perder 3-0 con Brasil y 1-0 con Polonia. Anímicamente caídos, recordaban que un par de meses antes, en Lima, Argentina había ganado fácil, más allá del 3-1 final. Demasiados elementos para suponer que ese equipo supermotivado necesitara de oscuras ayudas.
Treinta años pasaron desde la final que Argentina ganó digna y legítimamente en la cancha. Treinta años sin que Kempes tuviera todo el reconocimiento que se merecía por lo que hizo en la cancha. Treinta años de una final que la terrible dictadura militar manchó de sangre, como todo lo que tocaba.
Fragmento de otro poema de Carlos Ferreira: “Mundial”
“Cuánto bailamos en aquellos
días,
qué dulce fue el mareo del
engaño.
Cuántas ganas de ignorarlo todo,
de creer que había vuelto
el perfume de las buenas cosas.
Lo malo fue el final
indigno y torpe:
aquellos cadáveres volviendo
al lecho de los ríos,
a las comunes fosas,
meneando las cabezas,
canturreando una canción de
olvido
Y nosotros allí.
con esos bombos
con esas insensatas banderas
sudorosas,
con el mundo al revés,
hechos pelota”.
Por Juan José Panno
Fragmento de “La música que quiero”, un poema del periodista Carlos Ferreira.
“De la casa tejida sale el dueño,
piso su área, invado sus dominios,
amago que me voy, pero me quedo.
Pasa de largo
y entonces me transformo en un
torero:
levanto los brazos al tiempo que le
pego.
Giro de pronto,
apoyo las rodillas en el suelo,
aspiro todo el aire que me pide el
pecho
y empiezo a oír la música que
quiero.”
El poema no hace referencias personales, pero le cabe a Mario Alberto Kempes. Uno lee y por estos días piensa en Kempes, en gol argentino. Goles para superar a Polonia, para dejar atrás a Perú, para la venganza contra Holanda.
Kempes había jugado el segundo tiempo de aquel partido del ’74 contra la Naranja Mecánica, en Gelsenkirchen. Entró por René Houseman en el inicio del segundo tiempo. Y tocó la pelota tanto como Ubaldo Matildo Fillol, que integraba el plantel, pero estaba afuera... Los tres sufrieron en el pellejo propio la vergüenza del baile y del 4-0 que no fue el doble porque los holandeses bajaron de revoluciones, para ellos el campeonato seguía. A este cronista le tocó también padecer aquella goleada. No tocaron la pelota ni Kempes, ni Houseman, ni Wolff, ni Carnevale, ni Balbuena y siguen los ni.
La primera llegada hasta el arco holandés fue un remate de Ayala desde lejos, a las manos del arquero Jongbloed sobre la mitad del segundo tiempo. Alguna vez contó Roberto Perfumo que, con el partido 2-0, el arquero Daniel Carnevali se apuró para ir a buscar una pelota que se había ido afuera y él le sugirió que hiciera tiempo. “Pará, loco, tranquilo –le dijo– que éstos nos van a hacer media docena.”
Cuatro años después de aquello, Argentina disputó la final del Mundial contra casi los mismos jugadores holandeses. Parecía mentira. En el medio pasó que César Menotti se hizo cargo de la Selección. El Flaco jerarquizó al equipo nacional. Convenció a los deprimidos futbolistas locales de que con una buena preparación física podían jugar de igual a igual con los europeos y hacer pesar la superioridad técnica; logró darle contenido a la idea de que la Selección era la prioridad Nº 1; entrenó a fondo; hizo amistosos contra los más pesados; llevó a la Selección por todo el país, convocó a jugadores de distintos equipos; se bancó las críticas despiadadas (como Basile hoy, como Bielsa ayer) de quienes no aceptaban ni su estilo de juego ni su manejo con la prensa y logró el objetivo de armar una selección competitiva. Los jugadores, acaso por primera vez en la historia después del desastre de Suecia sentían orgullo de ser convocados para el seleccionado. Eso sigue hasta hoy.
Argentina del ’78 era un equipo muy sólido, aguerrido, simple y contundente, aunque no todo lo vistoso que hubiera pretendido el entrenador y quienes suscribían su ideario futbolístico. El Juvenil del ’79, sí lució en tiempo completo la belleza estética que aquel cuadro del ’78 sólo conseguía fugazmente.
Jugaba con cuatro defensores, sostenía todo el andamiaje con Gallego parado delante de la línea de cuatro, pendulaba con la movilidad de Ardiles y atacaba con dos wines bien abiertos: Bertoni o Houseman y Ortiz. Un delantero centro, un referente de área como dicen ahora, Luque; y Kempes, líbero de toda la cancha, inclasificable polifuncional capaz de arrancar de bien atrás para llegar hasta lo más profundo de las defensas rivales.
Con tres de punta o con dos, con Valencia, Villa o Larrosa en la cancha, daba lo mismo: Kempes siempre encontraba su lugar en el mundo y resultaba vital para el equipo y letal para los rivales. La columna vertebral: Passarella-Gallego-Kempes se completaba con Fillol. El Pato conservaba en el arco lo que los demás construían con paciencia arriba. La Selección pasó la primera fase, asimiló el impacto de la caída contra Italia y atravesó el camino hacia la final, ya con Kempes en el mejor nivel. La historia es conocida: 2-0 a Polonia con una primera atajada de Kempes para evitar que la pelota entrara y una segunda volada de Fillol en el penal e Deyna; empate con Brasil, goleada a Perú. Punto y aparte.
Aquella goleada a los peruanos estará eternamente bajo sospecha. No hay pruebas fehacientes del arreglo, pero sí datos cruzados que hacen pensar que el almirante Lacoste y sus secuaces se movieron para asegurarse de que los peruanos no ofrecieran demasiada resistencia. Lo que está claro es que si hubo algo turbio no partió de los jugadores ni del cuerpo técnico. Y también es innegable que la Selección estaba en condiciones de hacerle los goles que necesitaba. Los peruanos habían llegado a este partido después de perder 3-0 con Brasil y 1-0 con Polonia. Anímicamente caídos, recordaban que un par de meses antes, en Lima, Argentina había ganado fácil, más allá del 3-1 final. Demasiados elementos para suponer que ese equipo supermotivado necesitara de oscuras ayudas.
Treinta años pasaron desde la final que Argentina ganó digna y legítimamente en la cancha. Treinta años sin que Kempes tuviera todo el reconocimiento que se merecía por lo que hizo en la cancha. Treinta años de una final que la terrible dictadura militar manchó de sangre, como todo lo que tocaba.
Fragmento de otro poema de Carlos Ferreira: “Mundial”
“Cuánto bailamos en aquellos
días,
qué dulce fue el mareo del
engaño.
Cuántas ganas de ignorarlo todo,
de creer que había vuelto
el perfume de las buenas cosas.
Lo malo fue el final
indigno y torpe:
aquellos cadáveres volviendo
al lecho de los ríos,
a las comunes fosas,
meneando las cabezas,
canturreando una canción de
olvido
Y nosotros allí.
con esos bombos
con esas insensatas banderas
sudorosas,
con el mundo al revés,
hechos pelota”.
martes 24 de junio de 2008
sin título
y amarte y que me ames
como dos locos que jamás
vieron el cielo
y tomarte de las manos bajo la lluvia
tu de blanco y yo de cuero
tocados por el tímido dedo
de un Dios que se asoma
y besarte y que me beses
que choquen nuestras lenguas
que rompan nuestras bocas el aire
y esos ojos tan tuyos
cuando muero son tan míos
y amanece así de pronto
ahí estas
al lado mío
ahí estas
agitándome el pecho
quemando mis pestañas
con tu intensa y temprana mirada
con el viento y con tu pelo
con tus labios rojos
que prolongan segundo a segundo
la partida de la última
y solitaria estrella
de aquel cielo donde alguna vez
nos amamos
lunes 23 de junio de 2008
guitarra y vos
¡que viva la ciencia, que viva la poesía!¡qué viva siento mi lengua cuando tu lengua está sobre la lengua mía! el agua está en el barro, el barro en el ladrillo, el ladrillo está en la pared y en la pared tu fotografía / es cierto que no hay arte sin emoción, y que no hay precisión sin artesanía / como tampoco hay guitarras sin tecnología / tecnología del nylon para las primas tecnología del metal para el clavijero / la prensa, la gubia y el barniz : las herramientas del carpintero
el cantautor y su computadora, el pastor y su afeitadora, el despertador que ya está anunciando la aurora / y en el telescopio se demora la última estrella /
la máquina la hace el hombre……..y es lo que el hombre hace con ella
el arado, la rueda, el molino / la mesa en que apoyo el vaso de vino / las curvas de la motaña rusa / la semicorchea y hasta la semifusa / el té, los odenadores y los espejos / los lentes para ver de cerca y de lejos / la cucha del perro, la mantequilla / la yerba, el mate y la bombilla
estás conmigo / estamos cantando a la sombra de nuestra parra / una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra / y sin tenerte,
te tengo a vos y tengo a mi guitarra
hay tantas cosas / yo sólo preciso dos:
mi guitarra y vos / mi guitarra y vos
hay cines / hay trenes / hay cacerolas / hay fórmulas hasta para describir la espiral de una caracola / hay más: hay créditos / tráfico / cláusulas / salas vip / hay cápsulas hipnóticas y tomografías computarizadas / hay condiciones para la constitución de una sociedad limitada / hay biberones y hay obúses / hay tabúes / hay besos / hay hambre y hay sobrepeso / hay curas de sueño y tisanas/ hay drogas de diseño y perros adictos a las drogas en las aduanas/
hay-manos-capaces-de-fabricar-herramientas-con-las-que-se-hacen-máquinas-para-hacer-ordenadores-que-a-su-vez-diseñan-máquinas-que-hacen-herramientas-para-que-las-use-la-mano
hay escritas infinitas palabras :
zen gol bang rap Dios fin
hay tantas cosas / yo sólo preciso dos:
mi guitarra y vos / mi guitarra y vos
el cantautor y su computadora, el pastor y su afeitadora, el despertador que ya está anunciando la aurora / y en el telescopio se demora la última estrella /
la máquina la hace el hombre……..y es lo que el hombre hace con ella
el arado, la rueda, el molino / la mesa en que apoyo el vaso de vino / las curvas de la motaña rusa / la semicorchea y hasta la semifusa / el té, los odenadores y los espejos / los lentes para ver de cerca y de lejos / la cucha del perro, la mantequilla / la yerba, el mate y la bombilla
estás conmigo / estamos cantando a la sombra de nuestra parra / una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra / y sin tenerte,
te tengo a vos y tengo a mi guitarra
hay tantas cosas / yo sólo preciso dos:
mi guitarra y vos / mi guitarra y vos
hay cines / hay trenes / hay cacerolas / hay fórmulas hasta para describir la espiral de una caracola / hay más: hay créditos / tráfico / cláusulas / salas vip / hay cápsulas hipnóticas y tomografías computarizadas / hay condiciones para la constitución de una sociedad limitada / hay biberones y hay obúses / hay tabúes / hay besos / hay hambre y hay sobrepeso / hay curas de sueño y tisanas/ hay drogas de diseño y perros adictos a las drogas en las aduanas/
hay-manos-capaces-de-fabricar-herramientas-con-las-que-se-hacen-máquinas-para-hacer-ordenadores-que-a-su-vez-diseñan-máquinas-que-hacen-herramientas-para-que-las-use-la-mano
hay escritas infinitas palabras :
zen gol bang rap Dios fin
hay tantas cosas / yo sólo preciso dos:
mi guitarra y vos / mi guitarra y vos
sábado 21 de junio de 2008
asco
me dan asco
aquellos pueblerinos
que juegan a ser sabios
y célebres
y eruditos
y fenómenos inusuales
me dan asco
aquellos que matan
su repugnante tiempo
criticando a la crítica
y viendose a sí mismo
como un Neil Armstrong cualquiera
clavando una bandera
con un mediocre dibujito
de lentes y enciclopedia,
en la luna
me das asco
aquellos pueblerinos
que juegan a ser sabios
y célebres
y eruditos
y fenómenos inusuales
me dan asco
aquellos que matan
su repugnante tiempo
criticando a la crítica
y viendose a sí mismo
como un Neil Armstrong cualquiera
clavando una bandera
con un mediocre dibujito
de lentes y enciclopedia,
en la luna
me das asco
jueves 19 de junio de 2008
Locovich

El sobrenombre se lo habían puesto mis viejos. Lo sacaron de unos dibujos animados yanquis de la época de los ’70 u ’80 que ellos frecuentaban ver. Y, para ser sincero, no estaba nada mal: el Profesor Locovich era igual al original, con la única diferencia de que éste era un excelentísimo matemático y, el otro, el original, era simplemente el conductor de un auto que se convertía hasta en lo más bizarro que podía existir. No era un mal profesor, eso está claro; todo lo contrario: Locovich fue, si me apresuran un poco, uno de los mejores profesores de matemáticas que tuve. Estaba yo en la secundaria y, año a año, matemáticas me perseguía como si fuera un prófugo que escapa de la ley. Nunca fui agraciado para las cuentas. De hecho, a menudo me confundía con los vueltos en el supermercado y esas cosas. Ya se sabe: dividir, multiplicar, etcétera. El cálculo rápido y mental, la matemática práctica siempre fueron un problema para este pobre y desdichado literato. La calculadora debe ser uno de los objetos que aun más venero, junto al televisor y algunos libros de Di Benedetto y Faulkner.
Me acuerdo bien: dos veces por semana, a eso de las siete de la tarde, mi viejo me llevaba hasta su casa donde me daba clases particulares. Antes de la puerta de entrada, había un jardín con yuyos largos de varias semanas sin cortar, pasto para darle de comer a un batallón de camellos, manubrios de bicicletas oxidados, cajas, cucarachas… Ese jardín era el palacio de la basura, y si Alejandra Pizarnik hubiera vivido para conocerlo, estoy seguro de que nunca más volvería a pronunciar en sus poemas la palabra jardín; apuesto incluso que hubiera dejado de escribir poemas para siempre. Yo eso lo toleraba lo más bien. Me causaba mucha gracia el hecho de un que un matemático podía ser también un mugriento, porque en mi cabeza era imposible unir, por un método racional del lenguaje, los siguientes conceptos: matemáticas y basura. La matemática siempre fue para mí el lugar de la pulcritud, de lo exacto y lo blanco. Lo blanco: además de la bandera Argentina, el guardapolvo escolar, una pequeña niña virgen, una página. Eso era matemáticas o eso fue hasta que conocí a Locovich, un tipo cincuentón, que se estaba quedando pelado hacia el centro de su cabeza y, en los costados, cercado por la oreja y la nuca, como una aureola blanquinegra asomaban, tímidos, algunos cuantos pelos. Lo que más me molestaba de él, era que, sin darse cuenta, a los costados de la boca se le acumulaba una enorme cantidad de saliva. Me producía un asco irremediable, el cual sólo lograba conciliar bajando la cabeza y concentrándome en mis ejercicios.
Uno se daba cuenta de que el tipo estaba loco por dos motivos: primero, por su manera de hablar; y segundo, por su aspecto. Por dentro, la casa de Locovich despedía un asqueroso olor que hasta el día de hoy yo no sé cómo soportaba. Tenía una computadora, un escritorio lleno de papeles, cajas, todo tipo de objetos tirados, y en una habitación que conectaba directamente con el comedor, me daba sus clases. Las clases con Locovich eran la expresión absoluta de que algo en el mundo no andaba muy bien: siempre y por alguna razón, nos interrumpía el teléfono o se ponía a divagar contando anécdotas que eran difíciles de comprobar si pertenecían a este mundo o al increíble y privilegiado terreno de su imaginación. Contaba cosas, como por ejemplo, de la vez que una alumna suya que seguía una carrera en la universidad quiso casarse con él. Sucedió de esta manera: Locovich apenas era un reciente cuarentón y esta chica de la cual Locovich hablaba con tanto sentimiento a las tres o cuatro clases que asistió con él se le tiró encima, le cubrió el cuello con sus suaves brazos, y diciéndole no sé qué cosas sobre el amor verdadero, la pasión, el casamiento por civil, el blancor de una novia, intentó besarlo. Locovich por esa época recién se había separado de su única esposa (razones desconocidas para mí y, quizá, también para el mismo Locovich que un mañana al despertarse encontró una pequeña nota con letra menuda en la heladera con una breve inscripción: “me voy para siempre, Ana”) y no estaba con ánimos, entonces, de empezar una relación (tal vez pasajera) con una alumna universitaria y ni siquiera de dar clases diariamente.
Un día que llegué diez minutos antes de la hora acordada, Locovich estaba comiendo, con manos, dientes y cubiertos, una pata de pollo. Verlo comer pollo a Locovich me causó una repulsión que se transformó poco a poco en asco, y que estuve cerca de materializar en un vómito. Recuerdo de que no se había limpiado las manos para darme la clase y entonces reparé en ellas: fue cuando descubrí esas uñas larguísimas y desparejas, llenas de una mugre interna que, estoy seguro, ni siquiera con un baño caliente lograría quitar. Locovich era la deconstrucción misma de un profesor de matemáticas y lo más triste de la cuestión era que ni él mismo lo sabía; era el reverso, la parte oscura que todo profesor de matemáticas guarda para sí. No le importaba lo que yo pudiera pensar: engrasaba el lápiz con las manos sucias de pollo reciente y nunca, esto lo afirmo, jamás había visto algo igual.
Eso era algo que me maravillaba de él. No podía entender cómo alguien podía ser tan repulsivo y a la vez tan indefenso, tan trasparente. Con cada clase y cada nueva anécdota, pocas cosas en la vida me empezaron a interesar tanto como los ejercicios de matemáticas con Locovich. Ya no sólo me sentía bien junto a él, sino que además me reía incluso y quería conocer sus cosas más íntimas, su pasado, sus fantasmas. Así, un día, tuvo un llamado de teléfono. Esta vez no era un alumno. Lo recuerdo por la voz de Locovich, por su forma de hablar. Era la hija. Locovich tenía una hija y nunca me lo había dicho. ¿Por qué no vivía con él? ¿Sería tan chica? ¿Estudiaría matemáticas? Me falta una pregunta que no pienso hacer: no, no sería linda. Eso era seguro. Conociendo a Locovich y conociendo ya la nota que su mujer le había dejado en la heladera, era fácil adivinar el aspecto físico de la hija de Locovich.
Estuvieron hablando como quince minutos. El teléfono estaba en el comedor y yo estaba a unos pocos metros, en la habitación contigua, haciéndome el boludo, el que hacía los ejercicios; pero en realidad estaba escuchando todo; lo poco que se podía escuchar, claro. Su voz, que oscilaba entre lo débil, lo finito y lo grotesco, era ahora profunda y demoledora. Recuerdo que le gritó algo sobre la casa, quizá algo así como “y venite a vivir acá”; en ese momento, nunca la casa me había parecido tanto una pocilga. Y realmente lo era. Si yo hubiese sido su hija, le hubiera dicho “no papá, no Locovich mío, vivir en tu casa y taparme con una frazada donde por las noches las cucarachas caminan a su antojo no es posible”. El, seguramente, no lo hubiera entendido, como le sucedió en el momento mismo en que colgó el teléfono como resignado, sin fuerzas para nada.
Antes de Locovich creía que un llamado podía cambiarle la vida a personas; es decir, cambiarla radicalmente: como por ejemplo, una noticia tan funesta como la muerte, un nacimiento, un accidente. Los ojos de Locovich me miraron y sentí que me decían “eso sólo pasa en las telenovelas”. Locovich no era de esos que se dejan engañar por una voz detrás de un tubo. Las cosas siguieron como siempre, los ejercicios, las uñas largas, el exceso de saliva en la boca. Tan normales siguieron que un día me dijo: si hacés toda la tarea mañana te dejo ver una película porno en la computadora. Y en efecto, al día siguiente, tras comprobar que tenía toda la tarea hecha, Locovich me sentó delante de su computadora y puso un CD polvoriento que tenía tirado en un estante.
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miércoles 18 de junio de 2008
En defensa de Yayo
Últimamente en TVR ha estado saliendo un informe en que comparaban el "humor culto" con el "humor popular", poniendo como representante de éste a Yayo. Estoy de acuerdo en que existe un tipo de humor más sofisticado que otro (Capussotto es mejor que Corona, o que Freddie Villarreal, para dar un ejemplo) pero no me parece que el humor de Yayo no sea sofisticado. Hay un punto en que la brutalidad se vuelve sutileza porque nos hace dar cuenta de nuestra hipocresía. Este es el caso de Yayo. Creo que tras ese fluir interminable de insultos con que suele terminar sus chistes hay una profunda crítica a la doble moralidad de nuestra sociedad. Los otros humoristas que hacen lo mismo que él, pero sin las malas palabras, sí, esos pertenecen al "humor popular": sin riesgos, autosuficiente, recurriendo a la grosería, pero sólo hasta lo que se considera "normal". En poner a una modelo en la situación de oir los chistes de Yayo, hay también un ingrediente de venganza (como bien lo señaló Capussotto), una ácida crítica a la profesión más superficial y frivola que existe, y el doble juego que conlleva (mirá pero no toqués).
En una de las cámaras de Yayo creo que con Ante Garmaz, traen a unas modelos para que les digan "piropos", todo va bien hasta que es el turno de Yayo. Él dice algo así: "Como me gustaría que fueses una maceta para plantarte esta flor de poronga, especie de prostituta adolescente". ¡"Especie de prostituta adolescente"! Estas, apenas cuatro palabras creo que son uno de los momentos cumbres de todo el humor argentino. Todo lo que se busca está en esa frase: ética, valentía, brutalidad, crítica sin remordimientos, puesta en evidencia de lo que todos sabemos pero pocos hablan, en fin, es una frase de antología y gran parte de la farándula actual se la merece como epitafio.
En una de las cámaras de Yayo creo que con Ante Garmaz, traen a unas modelos para que les digan "piropos", todo va bien hasta que es el turno de Yayo. Él dice algo así: "Como me gustaría que fueses una maceta para plantarte esta flor de poronga, especie de prostituta adolescente". ¡"Especie de prostituta adolescente"! Estas, apenas cuatro palabras creo que son uno de los momentos cumbres de todo el humor argentino. Todo lo que se busca está en esa frase: ética, valentía, brutalidad, crítica sin remordimientos, puesta en evidencia de lo que todos sabemos pero pocos hablan, en fin, es una frase de antología y gran parte de la farándula actual se la merece como epitafio.
martes 17 de junio de 2008
Uno de Fabián Casas
Esta es mi forma de decirte feliz cumpleaños, feliz vida. Sé que es uno de tus preferidos.
UN PLÁSTICO TRANSPARENTE
Abrí la puerta y te estabas bañando.
Los vidrios empañados, el ruido del agua
detrás de las cortinas,
las cosas esenciales instaladas
fuera de la razón.
Me llamaste, acercaste la cara
y nos besamos a través del plástico
transparente: fue un instante.
Las parejas y las revistas literarias
duran casi siempre dos números.
Sin embargo, de a poco,
le fuimos ganado terreno al río:
días interminables en los que el caos
tomaba tu forma para envolverme mejor.
UN PLÁSTICO TRANSPARENTE
Abrí la puerta y te estabas bañando.
Los vidrios empañados, el ruido del agua
detrás de las cortinas,
las cosas esenciales instaladas
fuera de la razón.
Me llamaste, acercaste la cara
y nos besamos a través del plástico
transparente: fue un instante.
Las parejas y las revistas literarias
duran casi siempre dos números.
Sin embargo, de a poco,
le fuimos ganado terreno al río:
días interminables en los que el caos
tomaba tu forma para envolverme mejor.
lunes 16 de junio de 2008
Está Dios detrás de la puerta

Alexander: ¿Quién está detrás de la puerta?
Arón: Está Dios detrás de la puerta.
Alexander: ¿No puedes salir?
Arón: Ningún ser viviente puede ver mi cara.
Alexander: ¿Qué quieres?
Arón: Probar que existo.
Fanny y Alexander (1982)
Ingmar Bergman
Etiquetas:
Cine,
Sin etiqueta alguna
sábado 14 de junio de 2008
lunes 2 de junio de 2008
La primera vez que no entiendo una película que igual me gusta
Que me gustó es decir poco; acabo de verla y la verdad es que estoy impresionado. Cuando esto se me pase, es como una especie de mezcla, entre el sopor y el maravillamiento (woaw, qué palabra) y no sé hasta cuándo me va a durar.
Lo que puedo decir es que es una película muy muy personal; se nota el estilo y la grandeza. No la recomiendo. Creo que no recomendaría nunca que la vean, pero si se cruzan algún día con ella, llévensela. Se los recomiendo.
Acaba de nacer un nuevo director fetiche que además conoce e incorpora la poesía a sus películas.
Lo que puedo decir es que es una película muy muy personal; se nota el estilo y la grandeza. No la recomiendo. Creo que no recomendaría nunca que la vean, pero si se cruzan algún día con ella, llévensela. Se los recomiendo.
Acaba de nacer un nuevo director fetiche que además conoce e incorpora la poesía a sus películas.

